La foto que te haces en la cocina de casa deja al descubierto todas las vergüenzas: espacio pequeño, puertas de madera repujada, manteles de plástico... El reto es atreverse a subirla a Instagram. Que la mesa blanca en el patio, con el parasol y las sillas a juego y sus cojines amarillos luzcan en todo su esplendor en el reel del día. Que nadie tema salir en la foto con las chanclas de pala de color azul de seis euros de Decathlon y la camiseta desgastada que hace 10 años que aguanta, sin tener el decoro de agujerearse para poder tirarla. El look perfecto de una tarde veraniega de siesta, ropa ancha y bragas viejas que jamás verá la luz.En las redes siempre se busca una opción más segura que garantice el like. Un vídeo corriendo por el puerto; otro vídeo al trote por la zona de acantilados del pueblo; un tercero entre bosques… La opción deportiva no es la única. Está su homóloga gastronómica: el plato del día en el restaurante de moda. O la más veraniega de todas: un amplio catálogo de fotos en la playa, desde las que solo enseñan las piernas y las manos que aguantan el libro de la semana —que bien podría estar del revés— hasta las más diáfanas y claras, en un atentado contra la imaginación: el móvil en la arena, grabando el cuerpo en todo su esplendor mientras el mar lo acaricia. Un repaso a Instagram (la red por definición del postureo) permite concluir que solo existen las vacaciones idílicas, tal y como nos hemos convencido de que deben ser unas buenas vacaciones. Lo explica maravillosamente el humorista Álvaro Casares en su vídeo Verano Cayetano vs Verano en el pueblo. El primero va de puertos, outfits de color tierra, atardeceres, susurro de mar y chiringuitos; y el segundo de sillas a la fresca, siestas, chanclas, el melonero y verbenas de pueblo. Aunque quizá (y no siempre) se disfrute mucho más del segundo, hemos aprendido que lo importante es parecer que hemos tenido el primero. En todo caso, nada de colgar fotos cuando estamos gritando (a veces pasa) a los más pequeños para que no se maten de cualquiera de las mil maneras que encuentran para hacerlo. O la cara de aborrecimiento y odio dedicada a la primera persona que pregunta: ¿qué vamos a comer hoy? O ese momento en que se mira el baño, sometido al trajín de la intensidad de verano, y se sucumbe a la necesidad de limpiarlo. O las ganas de tirarse por la ventana cuando la densidad por metro cuadrado supera lo razonable. Ahora que agosto se acaba y por fin regresan el orden y el buen gusto de la rutina, con el mantra de que el trabajo dignifica al hombre (más aún a la mujer) para subsistir, propongo el ejercicio de repasar qué se ha colgado en las redes. Si usted no cuelga nada, ni las mira, ni tiene el mínimo interés en ellas, le transmito mi máximo y reverencial respeto. Siga así. Y vaya con cuidado: ahora hay una nueva manera más peligrosa de contarle al mundo en qué se pasa el rato: los estados de WhatsApp. El resto de personas seguramente descubrirán que su verano en Instagram apenas se parece al original.La parte buena de las redes sociales es que han aniquilado aquellas sesiones de tarde mirando el álbum de fotos del viaje de alguien que se hacía llamar amigo. La mala es que ahora vivimos dentro del álbum, en una postal perpetua y edulcorada del día a día, con recopilaciones incluso mensuales para no perderse detalle. Un postureo total con un único objetivo: parecer un cayetano. O un pijo, que viene a ser lo mismo. Así que reto a quien se atreva a contar en Instagram la verdad. ¡Y que avise! Eso hay que verlo.