Imagina que hace mucho que no tienes vacaciones y consigues escaparte cinco días a una casita rural en el norte de Extremadura. Imagina el calor y el ansia con la que bajas a la piscina. Es un sitio pequeñito, precioso, lleno de carteles diseñados con Canva en los que dan claves básicas de convivencia: "No hables altísimo", por ejemplo. Podría parecer una perogrullada, pero vivimos rodeadas de personas que no son conscientes de vivir rodeadas de otras personas. Nunca olvidaré a las señoras de la línea 56 y sus conversaciones a gritos cada mañana.PublicidadMás de lo mismo en la piscina de la casita rural del norte de Extremadura. Son una pareja de jubilados que se odian. Ella usa andador y él protesta por sistema.—Acércame la tumbona, hombre —exige ella.—¡Pero pesa! ¿Qué crees, que tengo 20 años? —ladra él.Me pregunto cuánto tiempo llevaba esa mujer cuidando de él antes de necesitar un andador, pero algunos solo recuerdan el último esfuerzo. Apenas interactúan entre ellos para otra cosa que no sea discutir y su único tema de conversación gira alrededor del resto de los huéspedes.—Qué raro que no estén aquí hoy los de Madrid —dice ella.—Pues, mujer, ¡se habrán ido a algún lado! — grita él.No se miran, pero ambos se entretienen escudriñando cada pequeño gesto de los demás. Resulta, no voy a andar con rodeos, es muy desagradable convivir con ellos. No son una excepción, ni muchísimo menos. En verano nos enfrentamos continuamente a observar cómo muchas parejas se detestan profundamente. Digo pareja pero puedes sustituirlo por cualquier otro tipo de relación. De esto se ha escrito mucho. No es casualidad que, según datos del Consejo General de Poder Judicial (CGPJ), gran parte de las rupturas de pareja se concentren entre julio, agosto y septiembre. Pero, cuidado, que no es el verano el que rompe las parejas, sino el que elimina las distracciones. El trabajo, las criaturas, la rutina o las prisas son, simplemente, una coartada. Decía Javier Mercadal Serrano en este periódico que el verano también es "el momento del año en el que hay más tiempo para hablar las cosas, para tomar la decisión de poner punto y final a la relación o, incluso, para materializar un divorcio que ya se había consensuado previamente". No parece que sea el caso de esta encantadora parejita que me está amargando las vacaciones.Es muy incómodo ser testigo del odio ajeno. Seguro que todos y todas conocemos a un puñado de parejas así: siempre que pueden se dejan en evidencia, nadie recuerda el último gesto de cariño y, sin embargo, ahí están. Igual que la Puerta de Alcalá.La violencia cotidiana de los pequeños desprecios es insoportable. No hablo de grandes broncas. Me refiero, simplemente, a las humillaciones microscópicas: corregirse delante del resto, suspirar, responder con desprecio, ridiculizar. Lo que resulta insoportable no es el volumen de la discusión, sino la naturalidad con la que parece haberse convertido en el idioma oficial de muchas parejas. Quienes estamos alrededor acabamos convertidas en público involuntario de una intimidad ajena profundamente violenta y desagradable. Porque el desprecio consiste, precisamente, en dejar de reconocer la dignidad de la otra persona. Mientras les escucho pienso, con cierto miedo, que ninguna relación está vacunada contra el desprecio. De hecho, todas deberíamos preguntarnos de vez en cuando si todavía hablamos el idioma del cuidado o si empezamos, sin darnos cuenta, a aprender el de la humillación.PublicidadSé que, en muchos casos, estamos ante generaciones educadas para aguantar, marcadas por la dependencia económica, por la dificultad de imaginar otra vida, por la imposibilidad, incluso, de imaginarse fuera de esa relación, por personas que hace años dejaron de quererse, pero tampoco saben quiénes serían por separado. Quizá hubo amor, pero ahora solo queda una forma agotada de compañía. No es esto un alegato a las parejas idílicas porque no hay nada malo en discutir. Lo problemático es no conocer ningún otro idioma. Lo verdaderamente inquietante e incómodo no es asistir a una discusión, sino sospechar que ese es exactamente el único amor que les queda.Estas escenas incómodas nos obligan a hacernos preguntas que preferimos obviar. Al menos, yo. ¿Cuándo una broma deja de ser una broma? ¿En qué momento un resoplido se convierte en una forma de menosprecio? ¿Cuántas veces hemos corregido a quien queremos delante de otras personas sin reparar en el gesto? El desgaste de muchas relaciones, sean del tipo que sean, se parece más a una gotera que a un incendio. Se instala poco a poco, en el tono con el que respondemos, en la impaciencia convertida en costumbre, en la incapacidad de agradecer lo cotidiano. Y, de repente, un día descubres que hace meses que no hablas con ternura a esa persona que quisiste tanto.En la entrada de la piscina hay un cartel que pide no hablar demasiado alto. Yo habría añadido otro: "Prohibido despreciar". Estoy segura de que hace más falta.
Parejas que se detestan y otras maravillas del verano
Lo que resulta insoportable no es el volumen de la discusión, sino la naturalidad con la que parece haberse convertido en el idioma oficial de muchas parejas...









