Que nos quiten lo bailaoJapitxi, due�o del asador Zubikoetxea en Lekeitio.El MundoActualizado Viernes,
julio
23:15Audio generado con IA1. Hay dos tipos de personas El mundo se divide en dos clases de personas: las que han tenido un pueblo y las que no. Es en verano cuando este axioma de la vida se hace m�s evidente. Al que tiene un pueblo le toca volver, o si no, confrontar la culpa o la melancol�a de no regresar. El que no tiene un pueblo es libre de irse a cualquier sitio, pero es un hu�rfano. Por mucho que lo abandones, el pueblo no sale de ti. Que se lo digan a Joyce, que se fue con veintid�s a�os de Dubl�n y apenas volvi� para dos o tres visitas fugaces, pero toda su obra entera ocurre en su ciudad.2. No trates de cambiar a quien amasPara que una relaci�n de amor sea soportable para ambas partes hay que renunciar a ese impulso controlador de querer cambiar al otro para hacer de �l lo que nosotros quisi�ramos que fuese. El �nico amor que merece la pena es aquel que acepta que el otro es exactamente como es. Y cuando uno ya no fuerza al otro a cambiar, es cuando aparece la posibilidad de peque�os cambios positivos, que son fruto del reconocimiento mutuo y la voluntad de perpetuar ese amor.Eso es exactamente lo que me pasa a m� con mi adorado Lekeitio. Me gustar�a que borraran todas esas pintadas combativas que acaparan un espacio natural como la playa y lo saturan de poluci�n visual y consignas pol�ticas machaconas (siempre de los mismos); me gustar�a, tambi�n, que la gente celebrara y dejara celebrar con alegr�a y naturalidad algo tan excepcional como volver a ganar un Mundial; y me gustar�a que muchas otras cosas no hubieran pasado nunca. Pero llega un momento en que uno dice: �Eres as� y te quiero as��. Es desde ese instante cuando empiezan a abrirse muchas puertas que uno no imaginaba. Me regalan tomates enormes, calabacines gigantes como el basto del rey de bastos; Maite, de la pescader�a Alonso, me ense�a las recetas de la cocina marinera; Japitxi, el due�o del asador del puente, me llama para apostarse una botella de MacAllan al mus contra un capit�n de barco y el cocinero de un atunero, que se conoc�a todas las tabernas de Mombasa y Madagascar; el hombre m�s alto del pueblo, Jon Mendiguren, me invita a su sociedad y me hace los mejores chipirones encebollados que he tomado; y Xabier me lleva al torneo de mus de Ispaster, donde aprendo a jugar en vasco. Los lugares, igual que las personas, solo se abren cuando uno deja de intentar corregirlos y es solo entonces cuando quiz� cambien.3. A favor de la kale barrocaConfieso que uno de los placeres culpables de ver ganar a la selecci�n fue ver esos planos de las gradas que sacan tras cada gol, con las caras de tantos hinchas franceses, belgas, portugueses o argentinos. Aquellos gestos recog�an todo el arco de emociones negativas, pasaban de la rabia, la tristeza y el miedo a la m�s absoluta desolaci�n. Desde esa obra maestra de la pintura que es El descendimiento, de Roger van der Weyden, no se ha visto un estudio tan completo de la aflicci�n humana. A m�, de hecho, me gustaba bastante m�s que ver el juego. Por eso tampoco me ha extra�ado mucho que algunos nos quisieran pegar; yo disfrut� de manera tan mezquina de toda esta acumulaci�n de derrotas ajenas que, cuando empezaron a llegar v�deos de j�venes violentos zurrando a gente por llevar camisetas de la selecci�n en el Pa�s Vasco, me pase� varios d�as con una camisa roja por Lekeitio, preparado para recibir una colleja y expurgar todos mis pecados. Un tertuliano que obviamente pasa poco tiempo por estos pagos, dijo que hac�a a�os que no ve�a esas im�genes y que est�bamos viendo la vuelta de la kale borroka. -�Kale barroca? �Qu� es eso de la kale barroca?- pregunt� mi abuela, que ya lo ha visto todo desde la Guerra Civil hasta ahora, pero que mantiene intacta su capacidad de asombro ante lo nuevo. Me pareci� un inmenso hallazgo; en mi cabeza estall� una fantas�a de luchas callejeras entre quevedianos y gongoristas, vestidos de negro, con cruces de la Orden de Santiago en el pecho y golillas al cuello, arroj�ndose crueles invectivas en forma de sonetos, d�cimas y villanelas. El mundo ser�a claramente un sitio mejor con una buena insurrecci�n de kale barroka.








