El ingenio de la escaleraSolo en el mismo mar de todos los veranos -si no estuviera la quincena como una semana en las Seychelles- se puede ejercer la aut�ntica, necesaria, saludabil�sima vagaci�nBego�a G�mez y Pedro S�nchez, en un v�deo subido a sus redes sociales en el que se les ve practicando bicicleta de monta�a.Actualizado Jueves,
julio
03:27Audio generado con IAAnte una carne d�bil como esta, se contonea ya la tentaci�n de sentarse a la mesa de los tristes y los mansos, de los amantes de la oscuridad, de los de �nimo enmohecido, y gritar, tras haber desparramado los cachivaches en la puerta de casa y con el aire acondicionado a�n por encender, que el verano est� sobrevalorado.La obcecaci�n de la mujer del presidente del Gobierno por dejar atr�s la madre patria y dedicar sus pr�ximos d�as a surcar en avi�n los cielos europeos solo se comprende desde la infrecuencia viajera. Entre julio y agosto, el aeropuerto m�s cercano se convierte en destiler�a del alma espa�ola. El o�do libre de auriculares se maravilla. El ojo que inspecciona se admira. Siglos de frustraciones y amores se encarnan bajo un mismo techo. Una madre amenaza a su hijo de cuatro a�os con cortarle el dedo como vuelva a tocar la pantalla de su m�vil y el progenitor XY, con bermudas cuajaditas de bolsillos y camiseta de la selecci�n de f�tbol, amontona mochilas en la puerta una hora antes de que inicie el embarque. Antes de llegar al destino, las orejitas de Minnie Mouse se habr�n restregado contra las seis salidas de emergencia y el grupo de adolescentes encaminado a Malta, tierra de bachilleres reci�n graduados, habr� injertado en las cocoteras vecinas dos decenas de cancioncillas de TikTok. En el aterrizaje de vuelta a Espa�a, el calor har� que el avi�n vibre y salte como una atracci�n de feria. Cuando las se�oras estrujen el asiento delantero con sus u�as de color turquesa, un ni�o llorar� la m�s pura verdad estival: a �l el avi�n no le ha gustado. �l ya solo quiere ir a Torremolinos.El descanso, para serlo, requiere de cierta familiaridad. El alma reposa solo en casa. La repetici�n y el reconocimiento neutralizan el estado de alerta en el que se recorren las ciudades extra�as, abarrotado Sorrento de estadounidenses en busca de un Aperol, hasta arriba Par�s de japoneses de camino a Le Bon March�, rebosandito Tokio de espa�oles a los que a�n les cae del pelo arroz nupcial. Solo en el mismo mar de todos los veranos -si no estuviera la quincena como una semana en las Seychelles- se puede ejercer la aut�ntica, necesaria, saludabil�sima vagaci�n.El saltimbanquismo internacional, por tanto, a�reo, se cuelga de los flecos del placer solo en temporada baja. Si es que acaso sigue existiendo. El privilegio, en verano, es tener un sitio al que volver.






