0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialQue una crisis migratoria sea el pretexto para alimentar la mezquindad electoral es el síntoma de una enfermedad grave. Ceuta se ha convertido en un laboratorio en el que, a través de los medios convencionales y las redes sociales, se juega con el fuego de la demagogia y del sensacionalismo. La crisis supera los recursos públicos invertidos y el sistema que debería garantizar una mínima justicia está atrapado entre la espada de la legalidad y la pared de los derechos humanos. En Ceuta se experimenta con tensiones inflamables. Antonio Sempere / AfpAunque el PP y Vox lo proclamen hasta la afonía, la crisis no solo afecta al Gobierno –reptiliano para sus detractores– de Pedro Sánchez. Alemania, Italia y Francia también reclaman que la burocracia europea actúe más allá de la hipocresía endogámica. Nadie trabaja por un consenso sólido: prefieren azuzar una tensión electoral en la que unos critican qué hacen (o no) los otros y los otros prometen unas soluciones inaplicables o ilegales.En Ceuta se experimenta con tensiones inflamables por motivos electoralesCeuta será la prioridad del Consejo de Ministros de hoy, en una semana en la que ocho ministros comparecerán para dar explicaciones. La comparecencia es un ritual que busca más el beneficio mediático que el interés general. Una de las ministras, Elma Saiz, decía en El País: “La gente me para por la calle y me dice: ‘Es muy complicado, pero vemos la luz’”. Pasa a menudo que personajes públicos hablen de la gente que los para por la calle y saquen conclusiones precipitadas. En televisión, lo hacían Belén Esteban y Aida Nízar, dos prodigios de autoestima devorados por una visibilidad adictiva.En el ámbito familiar, recuerdo que mis padres relativizaban las reacciones de la gente que, a menudo, los paraba por la calle. A mi madre le gritaban “¡Señora Tàpies!” o le llamaban Maria Aurèlia. Y a mi padre, un día lo paró un hombre mayor que, emocionado, le agradeció los años que habían compartido en una cárcel franquista. Mi padre lo escuchó con atención hasta que el hombre se despidió llorando y levantando el puño. Luego mi padre me confesó que no le conocía ni había estado en aquella –en otras, sí– cárcel. “¿Pero cómo quieres que le diga que no es verdad?”, me preguntó. Conclusión: la gente que te para por la calle merece todo el respeto del mundo, pero sus opiniones no deberían ser vinculantes.
Gente que te para por la calle, por Sergi Pàmies
Que una crisis migratoria sea el pretexto para alimentar la mezquindad electoral es el síntoma de una enfermedad grave. Ceuta se ha convertido en un laboratorio en el que, a través de los medios convencionales y las redes sociales, se juega con el fuego de la demagogia y del...













