Se conoce que la cocina de casa es un espacio cuya propiedad ostenta, oficiosamente, la persona que maneja los fogones y alimenta a su tribu. Dada la monumentalidad de la misión, el cocinero o cocinera de la familia debería gozar de una autoridad dictatorial en su territorio, sobre todo cuando está con las manos en la masa. Pero nada más lejos de la realidad: en muchas casas, al chef lo torean como si fuera una vulgar vaquilla de feria.Muerde primero, pregunta despuésTodavía existe un alarmante número de personas que no acata la principal ley no escrita del chef hogareño: ni el mismísimo Dios puede probar la comida que se está cocinando sin permiso del cocinero. Son los metecucharas; los he sufrido en mis propias carnes. Mi expareja –a la que adoro, por cierto–, tenía la irrefrenable costumbre de meter la cuchara en la olla o sartén durante el cocinado, y probar el mejunje: cada incursión ilegal, una puñalada en el alma del humilde cocinillas que esto escribe. Cuando mi abuela hacía paella, solo podías probar el sofrito cuando ella daba el visto bueno; si actuabas como un lobo solitario, se desencadenaba un infierno. De ahí el trauma.Pero allende los metecucharas están los rapiñadores, una panda mucho más erosiva e indisciplinada. En su política no entra lo de pedir permiso para comerse lo que les venga en gana, a la hora que les venga en gana. Ser un cocinero previsor puede costarte caro si los tienes en casa. Toni Soriano y Diana Villa son pareja y llevan las riendas de la vermutería El Villa, en Barcelona. Soriano es un cocinero tremendo, doy fe, y un fin de semana le tocó preparar un arroz para una comida de amigos. Hombre precavido vale por dos, así que decidió elaborar el sofrito el día antes (se masca la tragedia).“Habíamos quedado el domingo para comer y el sábado por la noche me quedé en casa para preparar el sofrito. Me lo curré: llevaba pulpo y gamba roja. Delicioso. Diana salió con unas amigas y se fueron de fiesta a un club”. Cuando la procesión festiva volvió a casa, fueron directas a la cocina, detectaron el sofrito y se lo zamparon todo. “¡Y lo rebañaron con pan duro del día anterior! Moraleja: nunca hagas un sofrito la noche antes, y menos un sábado, porque el domingo no podrás comprar los ingredientes”. Ahora se ríe al recordarlo, pero entonces no le pareció tan divertido, afirma.En una vibración más siniestra se encuentran los destrozaplatos, buenas personas que, cuando se ven poseídas por la gula, se tornan chorizos destructores. Son los que roban comida del plato antes de tiempo y desmontan la obra de arte que has estado armando en la cocina (y que solo tiene sentido para ti). Le pasa a la traductora Begoña Gómez. “Tengo una cocina pequeña y eso evita muchas presencias indeseadas, pero hay algo que me molesta mucho: que se coman las aceitunas que he puesto en la ensalada antes de servirla, desequilibrando así la mezcla exacta que yo había hecho”, asegura.No obstante, en el terreno de la desaparición indeseada de alimentos, los que cocinan en casa, como Mònica Escudero, coordinadora y editora de El Comidista, sufren con especial dolor el azote de la ley de Murphy. “Lo que me da más rabia es comprar algo específicamente para preparar una receta para el curro y, qué casualidad, de entre toda la inmensidad de alimentos que hay en una nevera surtidísima, alguien decida comerse justo eso”, dice.“Es un critter, pero es nuestro critter”Nada puede equipararse al amor por un hijo, ni los cabreos que pillas los días que tu hijo se transforma en un critter. Cuando está en modo criaturilla maléfica del espacio, el retoño puede convertirse en el antagonista más despiadado del cocinero de casa. No responde ante ninguna ley, roba y devora todo lo que encuentra a su paso, comete atrocidades innombrables con el papeo, pero es tan adorable que te lo comerías, nunca peor dicho.Eduard Sancho, editor y cofundador de Editorial Contra, es el jefe de cocina de su casa; en él recae casi siempre la responsabilidad de preparar la comida para sus dos hijos, algo que se toma muy en serio y le cuesta cuchilladas mortales en todo el orgullo. Platos hechos con un amor desmedido que terminan siendo víctimas de sabotajes macabros a manos de su prole; la idea de arrojar un bote de pintura a La Gioconda. “Me preocupo de comprar un buen pescado fresco en el mercado, me paso tiempo cocinando y pensando que lo disfrutarán, pero luego, en cuanto les pongo el plato delante, embadurnan todo el pescado de mayonesa”, comenta.El ego del chef hogareño no es ninguna broma. No hace falta dedicarle una ovación de cinco minutos cada vez que hace una tortilla de calabacín, pero hay pequeños gestos que, como apunta Sancho, se echan de menos desde el escenario. “¿Dónde está el agradecimiento al esfuerzo del cocinero? Puestos a pedir, tampoco estaría mal considerar la opción de lavar los platos como gesto de cortesía o reconocimiento. Y me encantaría que no fuera necesario avisarles cinco veces para que se sienten a la mesa”, reclama.Qué hacer con la chavalada que juzga tus aptitudes culinarias y se atreve incluso a darte lecciones de cocina. MasterChef Kids ha hecho mucho daño. Cuando toca hacer pasta, los hijos de la profesora de inglés Mireia Vendrell se transforman en chefs italianos con tres estrellas Manolín y se toman la libertad de dirigir las operaciones para que los espaguetis queden más al dente que el mármol. “Si en el paquete de pasta pone entre seis y ocho minutos, a los cinco minutos ya están rondando por la cocina y me dicen que saque la pasta, que la cuezo demasiado, ¡y luego aquello queda como una piedra!”, se lamenta. Pero qué le vas a decir a tus hijos. Por muy critters que se pongan, solo puedes adorarlos, porque solo ellos pueden incurrir en malentendidos tan tronchantes como el que vivió Mònica Escudero. “Hice un flan y les dije a mis hijos que no se lo comieran porque tenía que hacerle unas fotos antes. Pues se lo comieron entero y cuando les pregunté por él me dijeron, con todo el morro, que habían entendido ‘que el flan estaba de foto’ (una expresión que no he usado en mi vida)”, recuerda.Y un hurra por madres como la traductora jurada Silvia Guiu, con dos hijos que acatan sus órdenes con disciplina castrense. El critter de la casa, por lo que parece, ya está entrado en años. “La cocina es una dictadura en mi casa, mis hijos no se atreven a nada, son pinches-esbirros que obedecen como corderitos. Lo que sí me pone de los nervios es cuando mi marido deja patente que no sabe nada de cocina. Por ejemplo, cuando le pido que me pase cosas: la espátula, el chino, la espumadera, etc. O cuando pregunta cosas tan básicas como: ‘¿Cuándo echo la pasta?’. Pues chico, cuando hierve el agua, cuando salen burbujitas”, comenta.Remover en tiempos revueltosHay profesionales de la restauración que trabajan por partida doble, pues también se encargan de cocinar en su hogar, Dios los ampare. Toni Solans es el copropietario del magnífico restaurante Mantis, en Barcelona. Cuando se mete en la cocina de casa, todavía humean los rescoldos del chef que lleva dentro. A lo mejor está preparando un bocata de berzas, pero lo de bajar la guardia no va con él.Su pareja, Bárbara Bazán, me deja una nota de audio muerta de la risa, porque Solans tiene un corazón que no le cabe en el pecho, pero también sus cositas. Deformación profesional. “El tomate hay que cortarlo de una manera determinada que deberíamos saber, pero que no te ha explicado. Le pone nervioso que le preguntes si hay que darle la vuelta a algo o cuánto le falta a lo que está haciendo”, comenta entre carcajadas.Precisamente, preguntar una y otra vez cuánto le falta a un plato es la gota malaya que deben sufrir muchos cocineros en casa. Al octavo “¿Les queda mucho a estas albóndigas?”, uno puede perder la chaveta. No obstante, Solans debe lidiar con una amenaza más perturbadora: el removedor furtivo. La misión de esta figura universal consiste en colarse en la cocina como un ninja y remover el guiso, caldo o lo que sea que haya en la olla, sin que haga ninguna falta, claro. Puede ser un compañero de piso, un familiar o la pareja, como es su caso. “Es lo que más me molesta, lo de: ‘¿Tengo que remover otra vez?’ o ‘¿Quieres que remueva la comida?’... ¡No hay que remover nada, no lo toques, está todo bien!”, comenta.Por otra parte, y no exento de razón, el cocinero (y jardinero) Dídac Blanco va más allá y arremete contra los que remueven y dejan la cuchara muerta en la olla, fundiendo plástico y silicona para aromatizar las lentejas. Criminales.Sospechosos demasiado habitualesSi algo bueno tiene el removedor furtivo es que su intención es ayudar al pobre diablo que está en los fogones, pero hay una figura que está podrida desde la base. Lo llamo el merodeador, un personaje molesto que se pasea por la cocina en silencio y se dedica a observar tus movimientos sin aportar absolutamente nada. Solo pa’ joder. De hecho, lo único que consigue es añadir presión, estorbar. Y tiene una incapacidad desesperante para entender las indirectas: de allí no lo sacas. En las comidas familiares suele ser tu cuñado y siempre camina con las manos cogidas atrás.Otro sospechoso que habría que poner en solfa es el Jordi Cruz de pacotilla. No hay un solo cocinero que no le quiera mal, porque es mucho más venenoso que el merodeador. El Jordi Cruz de pacotilla te juzga, te humilla y te da consejos de cocina como si fueras un analfabeto, porque él ha estudiado en el pop-up que el Basque Culinary Center ha abierto en su cerebro de chorlito. “¿Seguro que quieres poner más canela?”, “has dejado que la carne se atempere, ¿no?” o “yo le pondría un poco de mantequilla a esa tortilla” suelen ser algunas de las frases que pronuncian antes de que te entren ganas de matarles. El sabelotodo de la cocina le da mucha rabia también a Evelyn Segura, bióloga y divulgadora científica, pero hay un perfil que le saca más de quicio: la persona que come como un pajarito. “Te pasas horas cocinando para tus invitados y, cuando sirves la comida, aparece el típico que te dice que le pongas poca cantidad. Eso duele. Le has dedicado horas y le has puesto amor a esa comida, para que luego te digan que solo quieren un poquito”, afirma.Un tiernísimo abrazo para el que insiste en ayudar hasta límites desesperantes. Quiere sentirse útil, aportar su grano de arena, pero en la vida ha pisado una cocina y solo pone palos en las ruedas al que lleva los fogones. Le pides la sal Maldon y te da la mantequilla; les dices que bata un huevo y lo adereza con incontables pedacitos de cáscara que luego hay que sacar uno a uno; le encargas que vigile el chuletón y, si no te das cuenta, acabáis comiendo vaca vieja recién salida del crematorio. No ayudes, no hagas nada, quédate inmóvil en el sofá. Cuando te pongan el plato, haz el favor de comértelo todo y, ya que estamos escribiendo la carta a los Reyes Magos, dedícale al cocinero esa palabra tabú que tanto cuesta pronunciar: gracias.Sigue a El Comidista en Youtube.