Una entra y aspira profundamente el olor. Hoy hay puchero, albóndigas y macarrones a la carbonara, también, un salmorejo para rebajar los sudores, y mucho fundamento, de ese que no se puede fingir, sino que se aprende frente a los calderos y con la mano removiendo el cucharón sobre el fuego. Esto pide más sal o un poquito de tomillo, prueba, que esto es una ciencia inexacta que aprecia el paladar. Y ese sabor, esa ternura que entra cuando le da un bocado a la comida de casa, es la que aprecian los vecinos que llaman para reservar los menús de La cocina de Águeda porque, estén donde estén, estas recetas sirven para tejer una comunidad que crece paso a paso desde hace una década.

Águeda Peinado le pide a Antonio Almansa, su marido, que se quede un momento al tanto por si entra algún cliente. En el local conviven las dos empresas, por una parte, la insigne Cárnicas Almansa, presente en el barrio desde 1960, mientras que en el piso superior están los fogones del negocio que dirige su mujer. La plaza de la Alfalfa va despertando con los primeros humores de la mañana y saluda a los vecinos que se encuentra mientras señala a los comercios que todavía no han sido presa de la gentrificación. “Antes, a esta hora, te podías tomar un café en cualquiera de las mesas, pero ahora esperan a mediodía o a la noche para abrir”, que es cuando hay más jaleo, sobre todo en el verano sevillano con la llegada de los turistas. La farmacia, el bar Casa Diego, el florista a su lado y Persianas Alfalfa en frente, va nombrándolos como viejos conocidos que resisten al paso del tiempo.