La guisandera y su marido, Juan Luis González, el encargado de sala, han modernizado esta casa situada cerca de Avilés, donde se conserva la esencia de un recetario creado hace casi un siglo

El colmado continúa ahí. Puede parecer una reliquia del pasado, pero permanece más vivo que nunca, a pesar de que en este pequeño espacio ya solo se despache algún olvido. Las baldas de las estanterías lucen jabones de tocador, conservas selectas, embutidos ibéricos y quesos, frascos de mayonesa, cacao para el desayuno, tarros de cristal llenos de chuches y algún ejemplar de la prensa local del día. Hoy sirve sobre todo como punto de saludo, porque ya no hay timba de cartas ni se despachan chatos de vino, para los 177 vecinos de la zona. Casi un siglo después de su apertura —abrió en 1930, poco después de que Belarmino Menéndez llegara a Manzaneda (Asturias) procedente de Cuba, donde había e...

migrado previamente—, la tienda de ultramarinos sigue siendo un pequeño ancla del pueblo. La zona, salpicada de pomaradas, era de paso hacia Avilés. Por allí recalaban tratantes de ganado e incluso pobres que iban de pueblo en pueblo pidiendo, a los que se les daba cobijo.

El fundador y su esposa, Herminia, visionarios ellos, facilitaron que en un ala del local se instalara una panadería, que siempre se alquiló a terceros. Con los años, el negocio pasó a manos del hijo, Manolo Menéndez, y de su esposa, María Lourdes Cuervo, que lo gestionaron hasta 2012, fecha en la que se jubilaron y dieron el relevo a la siguiente generación: su hija, Ramona Menéndez, que, acompañada de su esposo, Juan Luis González, está al frente de este restaurante, al que han dado una buena vuelta. El local, además de las mesas de la tienda, cuenta con un acogedor comedor interior y otro con grandes ventanales. Pero, además, se ha convertido en una referencia de los guisos. A ello ha contribuido el tesón y la dedicación de la cocinera Ramona Menéndez, formada a base de experiencia —junto a su marido dirigía el restaurante La Ribera, en Luanco, además del hotel Playa de Luanco—, intuición y consejos que recogía de unos y otros —confiesa que, por ejemplo, Pedro Morán, de Casa Gerardo, la instruyó en técnicas de regeneración y conservación de alimentos y en la importancia de las temperaturas—. Lo que no quería era que se perdiera la identidad de la casa familiar y, junto a su marido, comenzó a explorar el recetario familiar con el fin de recuperar platos, sobre todo guisos, y modernizarlos. Necesitaban cambiar el modelo de negocio, hasta entonces centrado en el colmado, que hacía las veces de chigre y de estanco, y darle mayor peso al restaurante. “De la otra manera era insostenible”, comenta González, al frente de la sala.