El 15 de agosto de 2025, el presidente ruso —por entonces ya buscado por la Corte Penal Internacional y rechazado en la mayor parte de Occidente— pisó suelo estadounidense, recibió una bienvenida con alfombra roja y se situó junto al presidente de EEUU en pie de igualdad. Ucrania brilló por su ausencia. Apoyar a Kiev parecía caro; negociar con Moscú se presentó como una opción más práctica. La cumbre no dio lugar ni a un alto el fuego ni a un acuerdo de paz, pero Putin logró una rehabilitación pública sin hacer concesión alguna. Un año después, Rusia ha convertido la cumbre en un producto propio. Incluso se ha presentado una solicitud de registro de marca para una fragancia llamada 'Spirit of Anchorage', la denominación preferida por el Kremlin para el entendimiento que, según afirma, alcanzaron Trump y Putin en Alaska. Sin embargo, no había ningún acuerdo que embotellar, ninguna paz que conmemorar ni ningún avance estratégico que preservar: solo una atmósfera. A medida que la esencia se evaporaba, Rusia conservó el aroma. La cuestión ahora no es si Trump ha pasado de Putin a Zelenski. No lo ha hecho. La cuestión es qué puede ofrecer cada parte a un presidente que quiere convertir la política exterior en una transacción que pueda cerrar. Moscú ofrece acceso, energía y acuerdos geopolíticos. Kiev ofrece tecnología probada en combate y conocimientos técnicos industriales. Ambos pueden ser útiles para Trump; ninguno de los dos debe confundir la utilidad con el compromiso. Antes de reunirse con Putin, Trump ya había enmarcado las relaciones entre Estados Unidos y Ucrania en términos comerciales. A principios de 2025, presionó a Kiev para que firmara un acuerdo sobre minerales que proporcionara a Estados Unidos un beneficio tangible a cambio de su apoyo. En Ucrania, la propuesta despertó el temor de que el país volviera a ser tratado principalmente como un proveedor de materias primas en lugar de como un participante en cadenas de producción de mayor valor añadido. TE PUEDE INTERESAR La relación emergente en materia de defensa sigue la misma lógica, pero cambia lo que Ucrania puede ofrecer. Kiev aporta sistemas probados en combate, datos del campo de batalla y un ciclo de innovación moldeado por la adaptación constante a las contramedidas rusas —capacidades que Estados Unidos aún no posee a una velocidad o escala comparables—. Ambos países están impulsando planes para la producción conjunta de drones, incluida una fábrica en Estados Unidos que utilizará tecnología ucraniana. Seis fabricantes ucranianos se han sumado al programa Drone Dominance del Pentágono, en el que sus sistemas se someterán a pruebas para verificar que cumplen los requisitos estadounidenses y, de cara a futuros pedidos, se fabricarán mediante colaboraciones con empresas estadounidenses. Ucrania prevé fabricar entre seis y siete millones de pequeños drones de ataque en 2026. Para febrero de 2027, el programa del Pentágono, dotado con 1.1 mil millones de dólares, habrá encargado menos de 200.000. Estados Unidos conserva ventajas abrumadoras en capital, componentes y capacidad industrial, pero sigue estando años por detrás de Ucrania en la producción de esta categoría de armas al ritmo que exige la guerra. Washington está tratando de convertir los conocimientos adquiridos por Ucrania en el campo de batalla en capacidad estadounidense. Esto podría crear una interdependencia práctica sin que se produzca una alineación estratégica. Puede que Ucrania esté adquiriendo mayor valor para Trump, pero no mayor seguridad. La asociación emergente proporciona a Kiev una fuente adicional de influencia en Washington, al tiempo que deja la relación básica supeditada a condiciones: el apoyo estadounidense sigue estando vinculado a lo que la Administración pueda presentar como acuerdo. TE PUEDE INTERESAR En el contexto de una mayor cooperación y un clima creciente de confianza y apertura entre las empresas de defensa estadounidenses y ucranianas, cabría esperar una postura más positiva a la hora de respaldar los intereses ucranianos en las negociaciones. Algunos incluso podrían haber esperado que Trump decidiera cumplir su propio eslogan de campaña, "paz a través de la fuerza", y se convirtiera en un líder estadounidense proucraniano y atlantista. No obstante, la lógica de su presidencia y sus propias prioridades contradicen cualquier postura 'pro-'. El actual presidente de EEUU no puede tener un sesgo proucraniano ni prorruso: Donald Trump solo puede ser pro-Trump (algunos podrían argumentar que ni siquiera es siempre proestadounidense). Dicho esto, ¿Cuál es el objetivo de Trump en su política tanto hacia Rusia como hacia Ucrania? El persistente 'aroma de Anchorage' en el Ministerio de Asuntos Exteriores ruso llevó a sus responsables a creer que Trump quiere ganarse el favor de Putin y unirse al club de los autoproclamados 'machos' en la escena política mundial. Formar parte de este club implicaría petróleo barato y la puesta en marcha del paquete de proyectos de desarrollo del Ártico de Kirill Dmitriev, valorado en 12 billones de dólares. Además, esta línea de pensamiento encaja perfectamente en la estrategia de persuadir a Rusia para que se oponga a China en un futuro enfrentamiento de hegemonías que actualmente promueve Elbridge Colby. Aunque los dirigentes rusos no apoyen esta idea, la utilizarán para atraer la atención de Estados Unidos hacia Moscú. Desde la perspectiva de Ucrania, la reciente cooperación activa y en gran medida productiva creó la impresión de que Estados Unidos ya no se limitaba a querer 'evitar que Ucrania perdiera'. Parecía que Washington estaba dispuesto a invertir tanto en los proyectos militares actuales como en la reconstrucción de posguerra. Se trabajó mucho para alcanzar un acuerdo sobre los metales de tierras raras, la creación de un fondo de reconstrucción y el diálogo continuo sobre la posibilidad de la producción bajo licencia de misiles PAC-3. Dado que los estadounidenses no pueden mostrar debilidad frente a China, existía la esperanza de que siguieran apoyando activamente a su socio en Europa. Sin embargo, la verdad es más sencilla, al igual que la propia política exterior de Trump. Simplemente necesita un acuerdo. Ya no importa mucho quién salga de la guerra ni en qué condiciones. Si se trata de un acuerdo real que Trump pueda firmar y que lleve su nombre, ese acuerdo le servirá al presidente estadounidense. TE PUEDE INTERESAR Trump podría utilizar un acuerdo para reclamar una vez más el Premio Nobel de la Paz. También le permitiría olvidarse de esta parte del mundo, del mismo modo que no reaccionó ante la violación del acuerdo de alto el fuego entre Israel y Hamás, o como se olvidó del resurgimiento de la guerra entre el Congo y Ruanda o entre Tailandia y Camboya. La durabilidad de un tratado, la adhesión a sus principios o el largo proceso de construcción de relaciones entre antiguos adversarios son de escaso interés para esta Administración. Un efímero 'espíritu de Anchorage' podría residir en la política de doble presión. Según admitió el propio Trump, la reunión con Putin en Alaska no fue un éxito. Tras ella, no hubo avances en ninguna de las diversas iniciativas propuestas por la parte rusa. TE PUEDE INTERESAR La reunión puede haber tenido, no obstante, un resultado: un cierto enfriamiento de las relaciones de Estados Unidos con Ucrania. Hace un año, Kiev acababa de empezar a establecer relaciones bilaterales normales con la nueva Administración estadounidense. Un año después de la cumbre de Alaska, sigue prevaleciendo el mismo tipo de situación indefinida que imperaba entonces. Por un lado, Rusia se enfrenta a nuevas sanciones, y sus socios se enfrentan a nuevos aranceles y restricciones comerciales. Por otro lado, Ucrania podría quedarse sin defensa antibalística durante el invierno más difícil de la guerra. Al igual que en el verano de 2025, hoy en día existe presión sobre ambas partes para que alcancen un acuerdo lo antes posible. Todavía no hay un plan estratégico para la aplicación de dicho acuerdo. Y sigue sin estar claro qué es exactamente lo que la Casa Blanca quiere conseguir. La Dra. Lesia Bidochko es investigadora de políticas en el Instituto de Política Europea de Kiev (EPIK), investigadora no residente en la Universidad Europea Viadrina de Fráncfort del Óder y profesora adjunta de Ciencias Políticas en la Academia de Kiev-Mohyla. Oleksandr Kraiev es director del Programa de América del Norte del Consejo de Política Exterior «Ukrainian Prism» de Kiev y profesor titular de relaciones internacionales en la Academia de Kiev-Mohyla.