Una leyenda urbana de tiempos afortunadamente superados nos cuenta como Serrano Súñer, el influyente ministro de la Gobernación de los primeros años del general Franco, ofreció al embajador británico Samuel Hoare incrementar la seguridad de su sede diplomática, rodeada de manifestantes que exigían airadamente la devolución de Gibraltar. Si lo que se dice es cierto —a veces, la ficción supera en verosimilitud a la propia realidad— el embajador rechazó amablemente la oferta de ayuda y le rogó al ministro que, en lugar de más policías, le enviara menos manifestantes.Mientras usted lee hoy el 20minutos, podría tener lugar una conversación parecida entre los ministros exteriores de España y Marruecos, en previsión de una nueva avalancha de magrebíes que, a partir del análisis de las redes sociales, se sospecha que pudiera organizarse el próximo día 15. Bien está que Rabat refuerce la vigilancia en la frontera, como parece que va a ocurrir, pero a todos nos convendría más que redujera el número de migrantes, ahorrando así vidas jóvenes que merecen otro futuro. ¿A todos? Bueno, quizá haya una excepción: el Gobierno de Marruecos que, como en su día Serrano Súñer, aprovecha las ilusiones de los sectores sociales más desfavorecidos para presionar a favor de su causa.¿Hay un riesgo real de que se repita el asalto masivo en un intervalo tan pequeño? Imagino que no porque, beneficie a quien beneficie, es difícil que la juventud marroquí se deje engañar dos veces con el mismo cebo. Marruecos, por su parte, tampoco querrá volver a quitarse la careta antes de que todo esto se enfríe. Es verdad que ha recibido sorprendentes elogios del Gobierno de España, único en no reconocer el verdadero papel de Rabat en la avalancha… pero también serias advertencias de la presidenta de la Comisión Europea, preocupada por la viabilidad del espacio Schengen: "Hemos dejado claro que la UE no aceptará la entrada irregular y no tolerará los intentos de utilizar la migración ilegal para presionar a un Estado miembro". Con todo, nuestro Gobierno no lo debe de ver del todo claro cuando ha creído necesario suspender los permisos de los 3.000 militares allí destinados.Por más que el temido 15 de agosto termine como espero, sin graves incidentes, estoy seguro de que volveremos a vivir episodios parecidos. El asunto de Gibraltar parece resuelto, aunque no como les habría gustado a los manifestantes de los años 40 o, para qué negarlo, como hubiera preferido yo mismo. Sin embargo, la última palabra sobre nuestras fronteras africanas aún está por escribir. ¿Por qué esa diferencia? Hay muchas razones, y ninguna me pone de buen humor. Una de ellas —la que hoy hace al caso— es que, al contrario que el actual Gobierno de España, el embajador Hoares no tenía ningún interés en distorsionar la realidad. Sabía perfectamente quien estaba detrás de la manifestación y no encontraba razón alguna que aconsejara disimular lo evidente.En cambio, España prefiere sostener la ficción de que nuestra relación con Marruecos "es de buena amistad, desde la premisa de la cooperación leal y el respeto a las fronteras mutuas". La frase no me la he inventado yo —no tengo tanta imaginación— sino que está extraída de nuestra Estrategia de Seguridad Nacional, eje de la acción del Estado en el exterior. Sin embargo, debe de referirse a otras fronteras, porque hay que mantener fuertemente cerrados los dos ojos para no ver que Marruecos considera las ciudades autónomas como territorios ocupados y que, aunque su prioridad actual se encuentre en el Sáhara Occidental, Ceuta y Melilla forman parte de sus sueños como nación.El empeño de nuestros gobernantes en mirar hacia otro lado frente a las acciones híbridas realizadas por Marruecos contra nuestra soberanía me recuerda a la película No mires arriba, una divertida parodia de la negativa de muchos sectores políticos estadounidenses a reconocer el riesgo que supone el calentamiento global. A la singular presidenta de los EEUU, interpretada por Meryl Streep, no parecía importarle tanto el riesgo de que un cometa destruyera el planeta como las posibilidades de sacar rédito electoral del asunto. Hacia el final de la película, cuando el cometa ya se hace visible, todavía crea un movimiento social que exige a sus seguidores que no miren al cielo para evitar que les engañen sus propios sentidos.¿Llegaremos nosotros a escuchar la consigna "No mires a Ceuta" en nuestras redes sociales? No lo creo, pero no es mucho menos paródico defender que no hay motivos para que Europa se preocupe por lo que ocurre en Ceuta porque "ninguna de las personas que han cruzado irregularmente a la ciudad autónoma ha salido hacia la Península…" mientras se discute el reparto de los menas que dejó la avalancha entre las comunidades peninsulares. ¿Es que no son personas los menas?