El tiempo muerto en una habitación penumbrosa de un balneario de Caldas de Reis. La caligrafía aérea de las volutas de polvo impresas en un haz de luz. Su madre, al lado, durmiendo en una tarde eterna. El silencio. La pausa. El bochorno. Es la hora de la siesta obligada, pero el crío no se duerme. Curiosas vacaciones las de un niño asmático: ir a tomar las aguas en agosto.PublicidadEran mañanas de inhalaciones, pulverizaciones y duchas nasales. Tendría seis, siete u ocho años y se recuerda como el único niño entre ancianos, aunque quizás fuesen adultos, acaso recién jubilados. Aquel verano se hospedaba en la pensión del balneario y, al caer la noche, recorría junto a otros chavales los pasillos de madera tocando el triángulo que llamaba a la cena.Antes paraban en el Hostal La Ruta, ya desaparecido, donde jugaba en un balconcillo con los clicks beduinos de Famobil: dos hombres, otras tantas mujeres, un dromedario, un caballo, una palmera y una alfombra. En el bar de abajo proyectaban una película muy gore, donde un salvaje arrancaba unos genitales y se los comía. Puede que fuera El último mundo del caníbal, dirigida por Ruggero Deodato. Tal vez Caníbal feroz o ¡Comidos vivos!Así transcurrían los agostos de su infancia. Lejos de las aguas termales de Caldas de Reis, hubo otras siestas insomnes que nunca entendió, siempre asociadas a los mayores. Tuvieron que pasar muchos años para cabecear ante un documental de animales de La 2 o para practicar lo que Camilo José Cela denominaba yoga ibérico, o sea, la siesta de pijama, padrenuestro y orinal.Claro que las dos horas en horizontal tienen su peligro: no extrañaría que el Almax lo hubiese inventado un farmacéutico después de una siesta infinita, aunque la fórmula ideal debería incluir un antidepresivo, pese a que hay quien se conforma con una ducha fría. Salvador Dalí, en cambio, era de siestas fugaces: se sentaba en una butaca, agarraba una llave con la mano y el ruido del metal al caer se encargaba de despertarlo.PublicidadCansados de que nos caricaturizasen como indolentes y perezosos, algunos autores recordaron que Napoleón o Churchill fueron grandes siesteros y reivindicaron esos minutos de sueño después de comer. Así, en su columna Tremenda apología de la siesta, Javier Cercas la defiende como una "forma de insumisión", un "manifiesto intransigente de rebeldía" y un "ínfimo corte de mangas cotidiano" que "produce un placer indescriptible"."No se duerme la siesta por ganas de vivir menos, sino de vivir más: quien no duerme la siesta sólo vive un día al día; quien la duerme, por lo menos dos: despertarse es siempre empezar de nuevo, así que hay un día antes de la siesta y otro después", escribía Cercas en 2014, seis años antes de la publicación de un breve ensayo en el que Miguel Ángel Hernández reivindicaba la hora sexta romana —nuestro mediodía—, origen de la palabra.En El don de la siesta (Nuevos Cuadernos Anagrama), el profesor de Historia del Arte en la Universidad de Murcia analiza cómo ha sido sometida a un proceso de capitalización, de modo que si antes se asociaba a la vagancia —porque era improductiva— ahora es considerada saludable —porque un sueñecito a media tarde mejora la eficiencia en el trabajo—, de modo que un breve descanso contribuye a producir más.PublicidadMiguel Ángel Hernández, sin embargo, la enarbola como un acto de resistencia y disidencia, como una interrupción placentera que escapa a la lógica de producción capitalista, como un ejercicio impredecible de abandono, como un gasto improductivo y un tiempo perdido, como una trinchera y un refugio del mundo exterior: "La creencia de que nada malo puede sucedernos mientras sigamos durmiendo la siesta".