Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Tienen razón: las difundidas por el mundo de la irrupción en Ceuta de más de 72.000 marroquíes y subsaharianos, casi todos varones jóvenes “de edad militar”, tuvieron un impacto internacional mucho más fuerte que el producido por los discursos apasionados de centenares de políticos habitualmente calificados de derechistas.
Con todo, la reacción casi instantánea de las autoridades de la Unión Europea que, en efecto, acusaron al gobierno español de facilitar la entrada al bloque de hordas de inmigrantes ilegales, se debió no sólo a la espectacularidad de las imágenes sino también al clima anímico imperante en la región. Muchos europeos sienten que sus países están bajo sitio y que contingentes aguerridos de “bárbaros” ya están dentro de las puertas. Y si bien los gobiernos europeos, con la excepción del español del socialista Pedro Sánchez, se han comprometido a aumentar mucho el gasto militar por si al ruso Vladimir Putin se le ocurre atacar a más vecinos occidentales, el grueso de la población cree que el islamismo plantea un peligro que es decididamente mayor que el supuesto por el imperialismo neo-zarista del autócrata del Kremlin que, al fin y al cabo, ha sido incapaz de incorporar Ucrania a sus dominios.














