La económica fue una de las muchas formas de violencia que el ya exguardia civil ejerció contra su expareja y también agente hasta que la asesinó el 5 de agosto en el cuartel de Llanes, donde ella vivía y trabajaba

“Debo aclarar por qué tengo tanto miedo a Dámaso, no le importa a quién llevarse por medio, hasta prefiere perjudicarse él con tal de hacerme mal, de joderme la vida, como dijo literalmente en su momento y quedó probado en juicios anteriores”. Esta es parte de la declaración de Laura Cruz en la última denuncia que interpuso contra Dámaso Fernández, aunque le aterraba: “Denunciar estos hechos me causa pánico, no pudiendo descansar, quitándome las ganas de salir de casa, de no levantarme de la cama, llorando constantemente porque realmente no sé qué es mejor para mis hijos y para mí, aceptar su control y presión para que no nos haga nada o denunciar. Sé que esta denuncia le enfadará sin poder tener claras las consecuencias, pero no encuentro otra forma legal de defenderme frente al daño psicológico que ejerce sobre mí por todos los medios, ahora mediante el control patrimonial y económico, dañándome a mí y de nuevo a mis hijos”.

Laura fue a poner esa denuncia el 5 de agosto de 2025 a las 11.47 de la mañana. Un año después, el miércoles 5 de agosto de 2026, poco antes de la una y media del mediodía, él la asesinó. Se saltó la orden de alejamiento, viajó desde Zamora, donde vivía, hasta Llanes, donde vivía ella. Se coló por una puerta trasera en el cuartel de la Guardia Civil; allí ambos, agentes del Instituto Armado, habían formado una familia muchos años antes. Después robó el arma a un compañero, la buscó y le disparó. Nadie pudo hacer nada ante ese ataque repentino y él acabó abatido por los compañeros de Laura, que intentaron que dejara de dispararles también a ellos y evitar su huida. Ella llevaba años pensando que él no iba a parar hasta destruirla. Había pasado más de una década buscando formas de escapar al control al que él la intentaba someter.