Hay una cosa que tengo que confesar. Esto ya no deber�a llamarse Operaci�n Verano. Porque, siendo sinceros, al verano -a este verano- ya no llego. Quiz� al siguiente s�. Qui�n sabe. Lo mismo dentro de un a�o estoy escribiendo otra serie completamente distinta titulada C�mo consegu� que subir unas escaleras dejara de parecerme el Tourmalet. As� que casi prefiero rebautizar este reto como Operaci�n Salud. Porque de eso va realmente.Y porque, adem�s, ha pasado una cosa que no entraba en mis planes: me he enganchado. S�, otra vez. Tengo una personalidad peligrosamente adictiva. Me engancho al trabajo, a las series, a los libros, a las personas, a los problemas... y ahora resulta que tambi�n me he enganchado al deporte. Nunca pens� que escribir�a una frase semejante.Operaci�n Verano IOperaci�n Verano (I). Soy obesa, diab�tica y adicta al trabajo: esta es la historia de c�mo decid� salvarmeRedacci�n:

ESTHER MUCIENTES (Texto)Redacci�n:

ALBERTO DI LOLLI (Fotograf�as)MadridSi alguien me lo hubiera dicho hace dos meses, le habr�a pedido amablemente que dejara las drogas. Pero aqu� estamos.La segunda semana empez� exactamente igual que la primera. Rub�n R�o, mi entrenador, me envi� la tabla. Flexiones inclinadas. Remo en polea. Bird Dog. Plancha abdominal. Puente de gl�teo. Press Pallof. Pasos laterales con gluteband. Isquiotibiales. Gemelos. Y los ya innegociables 30 minutos de cardio diarios. Cinco d�as de entrenamiento. S�bado y domingo de descanso. Bueno... descanso relativo. Porque Rub�n tiene una definici�n del descanso bastante peculiar: "Vida activa". Es decir, que nada de convertir el sof� en tu residencia habitual ni practicar el lanzamiento de mando a distancia. Y tiene sentido.Porque, como me explic� en una de nuestras conversaciones, un entrenador personal no est� para ponerte ejercicios sin m�s. Est� para ense�arte a integrar el movimiento en tu vida, para que deje de ser una obligaci�n temporal y termine convirti�ndose en un h�bito. Al final, me dijo, "el verdadero �xito llega el d�a que el entrenador deja de ser necesario porque el ejercicio forma parte de tu rutina" igual que lavarte los dientes.Suena precioso. Luego llegas al gimnasio y descubres que aquello funciona como una civilizaci�n completamente distinta. Porque una cosa es hacer ejercicio. Y otra muy diferente sobrevivir al gimnasio. Yo, que llevo media vida dedicada al periodismo donde cada uno tiene sus propias normas no escritas, pensaba que ya hab�a visto todos los ecosistemas posibles.Error. El gimnasio merece una tesis doctoral. Empecemos. Est� ese 90% de personas que parecen haber nacido haciendo dominadas. Gente con unos brazos capaces de abrir nueces sin instrumental. Con unas piernas que podr�an sustituir a los pilares de un puente. Con abdominales donde probablemente podr�a aterrizar un helic�ptero de rescate. Luego existe otro peque�o porcentaje de personas que tambi�n est�n estupendas, pero aparentan una normalidad tranquilizadora. Y luego estamos nosotros. Los que llegamos jadeando antes incluso de empezar el calentamiento. Los que tenemos que mirar tres veces un dibujo para saber c�mo demonios se hace un Bird Dog. Los que a�n confundimos una polea con otra. Los que seguimos buscando el bot�n de apagar la cinta con la misma ilusi�n con la que un n�ufrago busca tierra firme.Confieso que el primer d�a me sent� completamente fuera de lugar. La segunda semana ya no. La segunda semana descubr� algo much�simo m�s interesante, que el gimnasio es el nuevo parque del barrio. Antes la gente quedaba en un banco con dos litronas para arreglar el pa�s. Ahora quedan alrededor de una polea alta con un batido de prote�nas. Y hablan. Much�simo. Nunca hab�a visto tanta conversaci�n junta en un lugar donde, en teor�a, la gente va a entrenar. No es una cr�tica. Es una constataci�n.Yo iba con mis cascos inal�mbricos -del bazar chino, que una tambi�n tiene un presupuesto- convencida de que aquello iba a ser una experiencia individual. Qu� equivocada estaba. All� todo el mundo conoce a alguien. Se saludan. Comentan entrenamientos. Hablan de vacaciones. Del trabajo. De los hijos. Del partido del domingo. Del calor. Y, entre conversaci�n y conversaci�n, levantan una mancuerna o dos. Los gimnasios han hecho much�simo por las relaciones humanas y nadie se lo reconoce.Eso s�. Tambi�n descubr� que tienen normas secretas. Y nadie te las explica cuando firmas la matr�cula. La m�s importante es la siguiente. Una m�quina nunca est� vac�a. Aunque no haya nadie. Si hay una botella de agua y una toalla, la m�quina tiene due�o. Da igual que ese due�o lleve 10 minutos hablando con el vecino de la bicicleta est�tica. La m�quina sigue siendo suya.Yo, pobre ingenua, no conoc�a semejante c�digo internacional. Y claro... Met� la pata. Hasta el fondo. Vi una m�quina vac�a. Sin persona. Sin movimiento. Sin vida. Me sent�. Apenas hab�a empezado la primera repetici�n cuando apareci� un se�or materializ�ndose de la nada, como si acabara de atravesar un portal interdimensional.-Estaba yo.Mir� alrededor. No hab�a nadie. O eso cre�a.-Perd�n, es que no hab�a nadie.-Para eso est� la toalla y la botella.Aquello son� m�s serio que cuando te explican el reglamento de la Constituci�n. Pens� que quiz� todav�a pod�a salvar la situaci�n.-Es que soy novata...Error. Grav�simo error.-Pues ya lo sabes.Pues s�. Ya lo sab�a. Y aprend� una lecci�n important�sima. En el gimnasio puedes equivocarte de ejercicio. Pero jam�s de m�quina.Pero si hay un episodio que resume perfectamente que el gimnasio funciona con unas leyes que nadie ha escrito, pero que todos conocen, fue el del escal�n. Hasta entonces yo pensaba que lo de la m�quina hab�a sido mala suerte. Un accidente diplom�tico. Un malentendido entre una novata y un veterano. Qu� ingenua.A los pocos d�as tocaban gemelos. Nada especialmente sofisticado. Subir y bajar apoyando la punta del pie sobre un escal�n. Cuatro series por pierna. F�cil. El problema era encontrar un escal�n. Recorr� medio gimnasio busc�ndolo -tengan en cuenta que me quito las gafas para entrenar y no son pocas las dioptr�as que tengo-. Nada. Hasta que vi dos delante de un espejo. Junto a ellos, una chica hablando con otra persona. Esper�. No iba a interrumpir un entrenamiento. O una conversaci�n. O lo que fuera aquello.Pasaron unos minutos. La conversaci�n segu�a. Ella dej� las pesas en el suelo y se alej� unos metros. Pens� que hab�a terminado. Error. Cog� uno de los escalones -solo uno, no pretend�a fundar un mercado negro de material deportivo- y me fui a una pared cercana para empezar las series. No hab�a hecho ni dos repeticiones cuando escuch� una voz detr�s.-Los ten�a yo.Respir�. Otra vez.-Es que me he quedado alucinando de que me hayas quitado el escal�n por la cara.Reconozco que esta vez algo dentro de m� hizo clic. No s� si fueron las endorfinas. No s� si fue el cansancio. O simplemente que ya hab�a aprendido que ser nueva no implica pedir perd�n por existir. La mir�. Y, por primera vez desde que hab�a entrado en aquel gimnasio, decid� no disculparme.-Me vas a disculpar t�, pero tienes los dos escalones cogidos.Silencio.-Segundo, llevabas un buen rato sin utilizarlos.M�s silencio.-Tercero, he esperado bastante antes de coger uno.La conversaci�n empezaba a ponerse interesante.-Cuarto, te has ido de aqu�.Y remat� con el argumento jur�dico m�s s�lido que me vino a la cabeza.-Y quinto... el que se fue a Sevilla perdi� su silla.No puedo decir que ganara aquella batalla. Ser�a faltar a la verdad. Digamos que hubo vencedora... y no fui yo. Pero tampoco era eso lo importante. Lo importante era otra cosa. Hab�a dejado de sentirme una intrusa. Hab�a entendido que el gimnasio tambi�n era m�o. Que yo ten�a exactamente el mismo derecho que cualquier persona con abdominales de anuncio a utilizar una m�quina, un escal�n o una mancuerna. Y eso, aunque parezca una tonter�a, cambia muchas cosas. Porque uno de los mayores enemigos cuando tienes obesidad no son los kilos. Es la sensaci�n permanente de no pertenecer. De molestar. De pedir perd�n.Rub�n me dijo una frase que explica perfectamente todo esto: "El cuerpo no va donde la mente no lo lleva". Y a�adi� algo que, visto desde fuera, parece de sentido com�n, pero que quienes llevamos a�os sinti�ndonos juzgados necesitamos escuchar: en un gimnasio no se juzga a nadie. El entrenamiento debe ser una v�lvula de escape, no un castigo. Hay d�as para exigirse y d�as para simplemente celebrar peque�as victorias, incluso las que nadie ve, como dormir mejor, perder el miedo a un ejercicio o dejar de hablarte mal a ti mismo.Tiene raz�n. Porque yo llegu� pensando que todo el mundo me observaba. Y, en realidad, cada uno estaba demasiado ocupado intentando sobrevivir a su propio entrenamiento. Supongo que todos llevamos un espejo encima. Aunque no haya ninguno delante.Lo m�s curioso es que, al terminar aquella segunda semana, la b�scula apenas se hab�a movido. Ni un gramo digno de celebrar. Y, sin embargo, hab�a cambiado much�simo m�s de lo que cualquier n�mero pod�a contar. Dorm�a del tir�n. La rodilla, esa misma que hac�a unas semanas me imped�a encontrar postura en la cama, hab�a dejado de protestar. Sub�a escaleras sin negociar conmigo misma en cada pelda�o. Mis controles de glucosa parec�an los de otra persona. Hab�a reducido notablemente las unidades de insulina gracias a la combinaci�n del ejercicio y la dieta pautada por mi endocrina. Ten�a mejor humor. M�s energ�a. Y una sensaci�n que llevaba a�os sin experimentar: terminar el d�a con ganas de volver al gimnasio al siguiente.Mi enfermera ya me lo hab�a advertido: "Ya ver�s cuando descubras las endorfinas". Qu� raz�n ten�a. Son la droga m�s barata, m�s legal y probablemente m�s eficaz. Y entonces entend� otra cosa. Durante a�os pens� que hacer ejercicio consist�a en sufrir para adelgazar. Ahora s� que consiste en encontrarte. Aunque antes tengas que discutir por un escal�n. Y, si hace falta, aprender que en los gimnasios las botellas de agua y las toallas tienen m�s poder que una escritura de propiedad. Porque s�, ya me s� las normas. Y prometo respetarlas... siempre que nadie monopolice dos escalones mientras arregla el mundo.