0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialLlevo toda esta mañana tratando de escribir mi primera columna veraniega del año. No me está resultando fácil. Acabaré por decirles por qué. Quería que fuera un texto moroso y evocador de ese tiempo excepcional que es el estío, una suspensión en toda regla de tiempo y espacio, pero he decidido hablarles de alguien que conocí un verano de mi primera juventud. Y esto, hablarles de Emma, hace que me esté costando tanto escribir esta columna.Me encantaría explicar nuestra historia como un amor de verano, pero no fue del todo así. Nos conocimos una noche de fiestas de Gràcia. Era amiga de unos amigos. Empezamos a hablar de música y de libros. Nos gustaban los mismos grupos, los mismos autores y libros. Las mismas películas. Aquella noche la estiramos, primero en grupo y luego ya solos.El miedo a la soledad, y finalmente, la violencia hace que no consigan que las dejen en pazQuizás sí que fue un amor de verano, un amor de solo esa noche. La acompañé a su casa en Nou Barris. Nos besamos al despedirnos. Quedamos en vernos más veces, ir al cine, a ver tocar a bandas. Recuerdo volver a mi casa con gravedad lunar. Te enamoras. Luego se pasa. Ya está. Mané EspinosaEmma y yo nos vimos al poco. Enseguida dejó las cosas claras: tenía novio y quería que ella y yo fuéramos amigos. Y hasta no hace mucho lo fuimos. Acabo casándose con aquel novio. Ése es el problema que se me ha cruzado a la hora de escribir esta columna veraniega.Ante el horror y la incomprensión absoluta de nuevas víctimas de violencia machista, me ha llegado el recuerdo de Emma y su pareja. Aquella relación como ejemplo no solo de las mujeres víctimas de una postrera explosión asesina, sino también de aquellas que no se pueden sacar de encima a hombres con los que ya no quieren estar. Que no saben cómo decírselo otra vez más, cómo hacerlo. Que la idea perversa del destino romántico, de obtenerte por inundación o aplastamiento, el miedo a la soledad, y finalmente, la violencia o el pánico hace que no consigan que las dejen en paz.Emma y yo dejamos de ser amigos. Se casó con quién más insistió, quien no se fue de casa, quien le aseguró que sin ella, él no era nada, con quién tuvo hijos e hipotecas sabiendo que no le amaba. Quizás fui injusto con ella, pero al menos yo sí que supe irme de su vida.
No poder sacárselos de encima, por Carlos Zanón
Llevo toda esta mañana tratando de escribir mi primera columna veraniega del año. No me está resultando fácil. Acabaré por decirles por qué. Quería que fuera un texto moroso y evocador de ese tiempo excepcional que es el estío, una suspensión en toda regla de tiempo y espacio,...







