Resume e infórmame rápidoEscucha este artículoAudio generado con IA de Google0:00/0:00Hace un par de días, por esas cosas que trae la vida, terminé hablando con un antiguo amigo de colegio, cuyo rastro había perdido por más de 20 años. Y, aunque nunca he sido particularmente un nostálgico de tiempos pasados y la supuesta crisis de los 40 no me llevó a contactar por redes sociales a la gente con la que me gradué, y mucho menos a extrañar a alguien en particular, sí fue divertido recordar con él un par de anécdotas vividas en tiempos donde no solo no existía el internet, sino que además todo parecía más sencillo. Al parecer, este espacio le permitió a mi interlocutor saber de mí, o al menos tener la opción de seguir una parte de mi rastro sin mayor dificultad, sacrificándose a leer lo que él tildó, en un acto de divertida y a la vez sobrada sinceridad con tufillo de celos, como una columna ladrilluda.En esa búsqueda por rescatar los recuerdos que quedan en nuestra mente sobre esas épocas, se hace inevitable hablar de otros y sobre todo intentar entender qué ha sido de esas vidas. Los recuerdos traen consigo imágenes a la vez claras y borrosas sobre esos personajes que pasaron por nuestra vida y que queremos traer a la memoria para sentir, de alguna manera, que todo ha valido la pena. Nos esforzamos por reconstruir un mundo que creemos que nos sigue perteneciendo, pero que por momentos parece haber dejado de existir. En medio de todo, fuimos retomando en un par de charlas lo que había sido de nuestras familias y de quienes compartieron esa época con nosotros. Conmemoramos duelos, nacimientos, separaciones, cambios de país y pequeños momentos simples de esa vida de colegio donde, como bien lo mencionó este man, las discusiones más sensibles giraban en torno a quién se había rumbeado con quién.En esas conversaciones supe con preocupación que un par de personas de nuestro colegio se habían suicidado y se nos alcanzó a pasar por la mente si el contexto en el que crecimos, puramente racional y poco centrado en las emociones y en nuestro bienestar, no era mínimamente responsable del devenir de muchos de nosotros. Tal vez todo haya sido una coincidencia desafortunada, inexplicable incluso para el mismísimo Durkheim. Sin embargo, sí quedó en el aire una tristeza difícil de precisar: la de no haber podido escarbar un poco más en esas historias de vida que parecían tenerlo todo y en las que, al final, no había sino oquedad.En esas discusiones uno también se da cuenta no solo de cómo la vida tiende amablemente a pasarle a uno por encima, sino de lo que significa disfrutar de ella y levantarse cada mañana a hacer lo mejor que se puede con lo que se tiene y se ha construido. Al preguntarle a esta persona, casi a manera de rigurosa sentencia, si estaba feliz con su vida, su tímida respuesta afirmativa me hizo apreciar más lo que tengo hoy en día y a entender que la clave no ha sido conseguir la vida perfecta y llena de idioteces materiales, sino intentar hacer lo que a uno le gusta, enfrentando las vicisitudes de todos los días de la mejor manera posible.En esa especie de teoría existencial recuerdo que, cuando decidí estudiar historia en lugar de economía o derecho, o algo que “diera” plata, muchas personas a mi alrededor me miraban con cara de: “¿este qué está haciendo?”. Pero el interés de estudiar lo que me gustaba era más fuerte que cualquier infundada preocupación por el futuro. Entre esa intención de luchar por lo que uno quiere y ver el vaso medio lleno pese a todo, he aprendido a valorar lo que me rodea sin pensarlo mucho. También me he dado cuenta de lo importante que es ayudar a nuestros hijos a crecer en un contexto donde la mejor nota o el mejor sueldo no sean lo más importante.No pretendo pontificar, ni mucho menos decirles a los demás cómo vivir su vida y darle valor a la misma. Mi intención es compartir algunas reflexiones sobre lo que muchos sienten al volver atrás en el tiempo y no logran quitarse de encima para bien o para mal, y sobre cómo lograr reflejar lo vivido en el presente de forma constructiva, evitando hacerles daño a los demás. Quizás este último punto sea una de las pocas responsabilidades que realmente tengamos como seres humanos. Si este ladrillo de columna sirve para eso, habrá valido la pena :-)Conoce más
Una columna ladrilluda
“Nos esforzamos por reconstruir un mundo que creemos que nos sigue perteneciendo, pero parece haber dejado de existirl":Juan Felipe Carrillo













