Resume e infórmame rápidoEscucha este artículoAudio generado con IA de Google0:00/0:00Yo siempre he sido una persona cercana a las ideas de izquierda. Pero las cosas como son: hace unos años con mi viaje a Cuba me di un golpe de realidad. Allá me di cuenta, en vivo y en directo, que yo no estaba para sacrificar mi proyecto de vida, mi comodidad y el fruto de mi trabajo en nombre de un supuesto “bienestar colectivo” que nunca se ve. Ese baño de realidad me bajó de la nube; me hizo entender que pasar del papel a la práctica cuando las teorías son tan idílicas.Y el ejemplo perfecto de ese abismo entre echar discurso y gobernar es Gustavo Petro. Como congresista y senador, el tipo fue acertado: frentero, destapó la parapolítica y le cantó las verdades a medio mundo. Ahí era imbatible y, la verdad, debió quedarse en eso. El problema es que cada vez que le ha tocado mandar y ejecutar, primero en la Alcaldía de Bogotá y ahora en la Presidencia, la cosa se le sale de las manos. Falta de planeación, cero administración y pura improvisación.En Bogotá se dedicó a vender una narrativa muy bonita, pero su gestión fue un desastre: botó plata pública y nos dejó metidos en unos problemas tremendos a los capitalinos. Prometió de todo y nada acordemos de los jardines infantiles que nunca hizo. En la Presidencia repitió la dosis, pero potenciada. Una desorganización impresionante y unas ganas miedosas de inflar las nóminas del Estado. Que sí, que meter gente a trabajar al Gobierno maquilla las cifras de desempleo por un ratico, pero eso en un país que tiene el bolsillo roto con semejante déficit fiscal es una total irresponsabilidad. Para colmo de males, el fantasma de la corrupción no lo soltó. Con varios de los escándalos de su gobierno ha tenido una pasividad que asusta, por no decir que se ha hecho el de la vista gorda.Acuérdense de lo que nos tocó vivir en las elecciones de 2022. Estábamos entre la espada y la pared: o votábamos por Petro, que ya sabíamos que para gerenciar era un peligro, o nos tirábamos al charco con Rodolfo Hernández, que venía con ínfulas de empresario exitoso, pero con unos ruidos de corrupción tenaces. Escogimos lo primero y bueno... ahí están las consecuencias.¿Y ahora? El panorama actual está igual de enredado y polarizado. Por un lado, se asoma este abogado penalista de la derecha más dura. El tipo no tiene ni idea de lo que es el sector público y encima carga con el lastre de haber defendido a personajes pesadísimos, salpicados de lavado y narcotráfico. Viene con un discurso radical de “mano dura” que promete, entre otras, acabar con el conflicto a las malas y abrirle la puerta a la explotación de recursos sin importar el daño ambiental. O sea, un tiro al aire.Por el otro lado aparece Iván Cepeda. Se muestra más calmado, más conciliador, muy metido en el cuento de las víctimas y la famosa Paz total que heredó de Petro, la cual, seamos francos, ha sido un fracaso absoluto. El lío con Cepeda es que, en el fondo, es más de lo mismo. Si ese modelo continúa, nos vamos de cabeza a la quiebra fiscal, el país institucionalmente se termina de desbaratar y la seguridad se nos va al piso.Al final, es la misma encrucijada de siempre en Colombia. Estamos atrapados buscando ese unicornio: un liderazgo que sea honesto, que sepa gerenciar de verdad y que tenga los pies en la tierra. Algo sensato, sin extremos que nos revienten la economía ni nos pongan a matarnos entre nosotros. Así de simple.Gerardo Salcedo Herrera Envíe sus cartas a lector@elespectador.com Conoce más