Juan José Millás, Rosa Montero, Martín Caparrós, Manuel Jabois y Elvira Lindo cuentan en el Festival de EL PAÍS las historias detrás de sus columnas

“A pesar de que es demasiado pronto, me han dicho que se podía cantar”, dice Pablo Moro, mientras rasguea la guitarra en un escenario en medio de la penumbra. A su alrededor, el público se acaba de sentar pero ya guarda silencio, expectante. “Creo que si cantamos va a ser más divertido”, oye la gente y, bajito, como suelen empezar los conciertos, como empiezan las manifestaciones en las que hay que desembarazarse de la vergüenza para poder alzar la voz, entonan un times are changing del estribillo de La buena estrella de Fito Páez, siguiendo a Moro. Es mediodía. Afuera llueve. Dentro, el público aún no lo sabe pero está a punto de vivir una catarsis.

El primero en subir al escenario, Juan José Millás, con unas gafas negras rayban de superestrella, recibe una ovación que confirma que en realidad lo es. “Mi sueño es escribir una columna que acabe con el columnismo”, dice y el público, ya a tono, estalla en carcajadas. ¿Pero cómo va a acabar este hombre con el columnismo si es su esencia? Millás, que lleva desde los 90 ocupando un espacio en la última de los viernes, “cuando el periódico se leía en papel porque en internet la última ya no tiene sentido”, confiesa que escribir para EL PAÍS siempre ha sido una gran responsabilidad y que, para no dejarse agarrar por el miedo, decidió crear un alter ego, alguien que no era él, alguien que pudiera escribir sin agobio. “El problema es que muchas veces, el otro quiere escribir una columna propia”, asegura ante la hilaridad de los lectores. “Por eso, si alguna vez, alguna de estas columnas acaba con el columnismo, quiero que sepan que no la he escrito yo. Ha sido el otro”, advierte.