Actualizado 08/08/2026 - 02:23h.

Apuntaba san Agustín que sabía perfectamente lo que era el tiempo, pero que a la vez era incapaz de explicarlo. Lo mismo podría decir yo a la hora del atardecer, sentado a unos pocos metros del mar en mi terraza de Baiona. Hay un momento ... en el que el cielo de poniente se tiñe de color rojo mientras el océano parece un espejo inmóvil. A esa hora, los paseantes se tornan siluetas a contraluz de una naturaleza casi incorpórea. Una mujer que bordea la orilla de la playa con un perro se funde en las sombras como un cuadro de Magritte. Todo se desvanece en la noche mientras se iluminan las casas de la bahía, misteriosos puntos que brillan a lo lejos en la oscuridad.

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