La gente cada vez escribe menos y confía sus textos a una inteligencia artificial. O eso se dice, aunque pocos lo reconocen, sobre todo si esos textos tienen que pasar como suyos. Otros ejecutan algunas acrobacias para ocultar las huellas de uno de estos programas en su escritura. “Coloco pequeñas erratas al inicio de un correo electrónico, hago saltos de letras y transliteraciones para generar autenticidad. Ahora es más importante establecer el marco humano que enviar el correo perfecto”, admite Alberto Benbunan, cofundador de Rebundle (empresa de formación y consultoría en IA), que reconoce que estos chatbots escriben muchos de sus correos. Quienes, de momento, prefieren no interactuar demasiado con el invento también están bajo presión, y por lo que sea han desterrado el guion largo y empiezan a redactar “sucio”, según cuenta una periodista que pide proteger su identidad. No es solo vanidad, defensa de la autoría o aversión al contenido generado por esta tecnología. Escribir textos con IA está mal visto en según qué contextos. Aunque Benbunan insiste en que hemos entrado en la era de la “desestigmatización de la IA”, muchos correos van a parar a la papelera por parecer excesivamente estilizados y correctos y, por tanto, sospechosos. El receptor los percibe como contenido barato, automático y enviado como una producción en serie. Cuando se debe entregar un texto original y se intenta colar uno sospechoso, las consecuencias pueden ser más graves: concursos literarios que retiran premios ya concedidos, exámenes donde se suspende a una clase completa, procesos de admisión a universidades denegados por presentar candidaturas de estilo pulido y excesivamente regular; o revistas científicas que rechazan papers por tener una sintaxis robótica. Decisiones todas que en ocasiones vienen avaladas por uno de los tantos detectores de IA que hay en el mercado: “Un porcentaje considerable de este texto no es humano” es el veredicto más temido. En los protegidos entornos de las universidades de élite de Estados Unidos los estudiantes empiezan a hablar de flagxiety, una combinación del sustantivo anxiety (ansiedad), y del verbo flag (marcar o señalar), que alude al miedo de ser señalado erróneamente por un detector de IA. Porque, aunque estas herramientas están lejos de ser infalibles, quienes las usan están deseando contar con un juicio fiable o una métrica definitiva que les sirva para separar el grano de la paja, y pocas veces se pone en duda su veredicto. Este temor altera el modo en que se escriben ensayos, se presentan trabajos de clase o candidaturas para ser admitidos en la universidad. Según una encuesta interna realizada este año en la Universidad de Stanford, un 75% de los estudiantes reportó sentir algún grado de estrés relacionado con los detectores de IA, y más de la mitad, el 52%, dijo haber sido acusado falsamente de presentar trabajos hechos con esta tecnología. En los foros de Reddit y en los chats de estudiantes, los alumnos hablan de cómo reescriben textos para despistar a los detectores, cómo meten sus ensayos en detectores gratuitos y esperan angustiados el resultado, y cómo añaden deliberadamente erratas y faltas de ortografía. Se reparten consejos: ser más específicos, usar coloquialismos y jamás de los jamases empezar el último párrafo con un “En conclusión…”. La sospecha sobre la humanidad de las palabras ha alcanzado lo más sagrado: una encíclica papal, concretamente la Magnifica humanitas, de León XIV, del pasado mayo. Tras meter el texto en Pangram, el detector de IA más fiable del mercado, el blog comunitario Less Wrong concluyó que en algunas partes se podía reconocer “la voz de Claude”. Las pistas eran claras, decían, más de 127 guiones largos, el abuso del adverbio genuinely (muy del gusto de Claude) y la presencia de demasiados tricolones, esas enumeraciones de tres elementos que tanto gustan a estos generadores de texto. Desde el Vaticano y en su cuenta de X desmintió casi inmediatamente el editor y escritor Christopher Hale: no solo la escribieron humanos, “sino que el primer borrador fue literalmente escrito en papel y con un bolígrafo”. En la Universidad Complutense de Madrid, el profesor Juan Antonio Latorre García, lingüista y profesor del departamento de Estudios Ingleses, decidió hacer “a mano” —porque no se fía de ningún detector— su propio análisis forense de la encíclica. Cuenta por teléfono que los detectores de IA habían atribuido el 90% del contenido de varias encíclicas anteriores, incluida alguna de Juan Pablo II, a una IA. “Una encíclica es un género textual independiente cuyo estilo se asemeja mucho al de la IA, hay muchas enumeraciones casi siempre de tres elementos y muchos guiones largos, incluso los hay en Evangelium vitae, de Juan Pablo II, escrita en 1995 cuando aún no existían estos modelos de IA”. Su diagnóstico es que Magnifica humanitas es un texto 100% humano. “Lo supe al primer minuto de leerla, hay riqueza sintáctica, se intercalan oraciones largas, subordinadas y complejas con otras más cortas. Para mí las pruebas de humanidad definitiva son la fluidez de las referencias y las citas, con la IA parecen metidas con calzador, y la complejidad de las ideas, el trabajo de la IA suele estar hueco, es como corchopán”, analiza Latorre.¿Estamos empezando a escribir peor por miedo a ser confundido con una IA? En las universidades estadounidenses piensan que sí, y apuntan a dos consecuencias directas de ese temor, la autocensura y, perdonen otro neologismo en inglés, algo que llaman dumbcrafting y podríamos explicar como escribir deliberadamente peor para no activar a los detectores de IA. El profesor Latorre también lo observa entre estudiantes y escritores de revistas científicas. “Quitan los guiones largos o meten una cuarta enumeración aunque no vengan mucho a cuento”, observa. La obsesión ya no es escribir bien, sino evitar ser señalado y, según el documento de la Universidad de Stanford, esto se manifiesta de “maneras específicas y reconocibles”. Veamos: reemplazando el vocabulario sofisticado por palabras más simples, acortando las oraciones complejas, cercenando los mejores párrafos “de los que en otros tiempos estarían orgullosos” porque “la escritura luce demasiado pulida”, y añadiendo deliberadamente errores y faltas de ortografía. Los humanos nos hemos metido en una carrera absurda por parecer lo que ya somos. Y, además, confiamos en la tecnología para que autentifique nuestra condición. Este año las herramientas de humanización, esas que prometen hacer indetectable un texto generado por IA dándoles, según la jerga al uso, the human touch (el toque humano), han recibido cerca de 33,9 millones de visitas, y lo más sorprendente para los investigadores de Stanford es que buena parte de los usuarios son personas que nunca han usado IA para escribir pero tienen pavor a los detectores, así que sabotean sus propios textos sometiéndolos a “herramientas de humanización” para sentirse más seguros, como ZeroGPT o Superhumanizer, que transforman textos escritos por IA para que no parezcan textos robóticos. Están más tranquilos si una máquina les certifica que sus textos podrían pasar por humanos. El “mercado humanizador”, así se hace llamar, es también el mercado de la inseguridad y la devaluación del conocimiento humano, y su valor en lo que llevamos de 2026 alcanza los 500 millones de dólares. Se espera que a finales de 2027 escale a los 1.000 millones.Vuelvo al principio del texto a cambiar por dos comas los puntos y seguidos del primer párrafo. Quién sabe qué podrá decir una herramienta de humanización, de esas que prometen mejorar la fluidez, claridad y estilo por 9,99 euros al mes, de un par de oraciones muy cortas y demasiado seguidas.
Temo que me confundan con un robot y por eso escribo con faltas
La tecnología ha traído un nuevo miedo: que nos acusen de usar la IA para escribir textos, trabajos y correos electrónicos. El rechazo a estos chatbots lleva a muchos a escribir de forma descuidada, para que nadie les acuse de copiar y pegar
Estudiantes escriben peor para eludir detectores de IA; 52% acusado falsamente (Stanford) demuestra baja confiabilidad de estas herramientas. Gobernanza inmadura compromete decisiones críticas (admisiones, evaluaciones) al depender de detectores no confiables en validación.









