No quedó tan lejos el tiempo en que escribir implicaba pensar. Era un proceso lento en el que uno iba enfrentándose con sus propias imperfecciones. Escribir era reescribir, sin lugar a duda y tal como enseñaban los maestros de ese arte. En estos días, en cambio, alcanza con saber pedirle bien a una máquina que lo haga… e inclusive que lo haga mejor. Tanto en el mundo de las redes como en el corporativo actual, la comunicación se ha vuelto vertiginosa. Correos e informes fluyen con una eficiencia difícil de imaginar para la clásica cultura del correo postal. Pero esa velocidad, como todo lo que intenta superar las limitaciones humanas, se constituye en una trampa. La de hacer que los textos tengan buena forma, pero pierdan un origen real. Circulan ideas que, en rigor, pocos pensaron del todo. La inteligencia artificial es una suerte de autora invisible. Redacta y concluye como un correcto expositor. Lo hace con una seguridad que desarma cualquier objeción, incluso cuando el contenido es superficial o, en el peor de los casos, equivocado.

Esto no les gusta a los autoritarios

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