Ligero, fresco y de una delicadeza única, el ajoblanco es el gran aliado de los meses calurosos y la prueba definitiva de que la sencillez en la cocina puede alcanzar la categoría de obra de arte. A diferencia de otras sopas frías más coloridas, esta joya de almendras y ajo destaca por su textura aterciopelada y un sabor sutil donde la calidad de la materia prima lo es absolutamente todo. Desde la elección del pan idóneo hasta el secreto para emulsionarlo sin que se corte, repasamos los mejores trucos de elaboración y las guarniciones que mejor contrastan con su perfil cremoso, convirtiendo una receta ancestral en un imprescindible de la alta cocina actual.

Receta del clásico ajoblanco: el padre de todos los gazpachos

Considerado por los historiadores gastronómicos como el gazpacho primigenio, el ajoblanco es una elaboración humilde de herencia andalusí nacida de la sabia combinación de los ingredientes más cotidianos del campo: almendras, pan asentado, ajo, aceite de oliva, vinagre y agua. Su preparación es increíblemente rápida y limpia, idónea para dejar lista con antelación y disfrutar bien fría en cualquier momento. Apunta los siguientes ingredientes para cuatro comensales:

100 gramos de almendras crudas y peladas