Un médico americano en los años 50, frustrado porque cada vez atendía más pacientes con enfermedades cuyo origen no estaba en nada físico sino en la ansiedad, se puso a investigar el comportamiento de la mente humana. Formuló la teoría de los tres cerebros que se popularizó rápidamente. Conviven en nuestra cabeza, el cerebro reptiliano, el límbico y el racional. El reptiliano es el cerebro más antiguo y permitía al homínido sobrevivir en medios hostiles gracias a los reflejos para no morir atacado por una bestia. El segundo es el límbico y explicaba -entonces- fundamentalmente las emociones, vínculos familiares, pero también odios y conflictos tribales. Finalmente, el neocórtex, es el más reciente que alcanza su máximo desarrollo en el homo sapiens; es el racional, causante del sentido común y el pensamiento lógico. Los tres han llegado a nuestro días y perviven en nuestro cerebro.El tiempo permitió perfeccionar esta teoría, pero muchos de esos hallazgos siguen muy presentes en el momento que nos ha tocado vivir en el que nos comportamos como reptilianos, sin pensar apenas y respondiendo con inmediatez a impulsos que nos llegan en las redes sociales. Al mismo tiempo, las emociones están presentes en todas y cada una de nuestras decisiones, ya que asistimos a una polarización que nos mediatiza. La racionalidad, por mucha IA de la que tanto hablamos, ha desaparecido de nuestras acciones, ya que las trampas mentales de los dos primeros cerebros nos impiden aplicar la lógica en nuestro día a día.Solo así se explica que no encontremos un punto de consenso estos días en temas de tanto impacto en nuestro país como los incendios o la inmigración. Todo está teñido de hiperactividad y vehemencia, quedando los análisis pausados y racionales desplazados incluso en las personas más sensatas.El doctor McLean explicaba el funcionamiento del cerebro de su teoría de una manera aún más sencilla: en nuestra cabeza conviven un cocodrilo, un caballo y un ser humano. Los tres intentan tomar las decisiones al mismo tiempo, lo que explica en gran parte los conflictos internos en nuestra mente con las consecuencias en la salud que tanto preocupaban al célebre galeno. Si llevamos la metáfora a los asuntos de este verano, es imposible tomar las decisiones adecuadas en temas capitales para España como sus bosques y su convivencia si ponemos a los mandos a un cocodrilo o un caballo. Atacar como un caimán (para defenderse de las críticas) o hiperactuar como un potro desbocado (de cara a simular respuestas a las crisis) no es la mejor manera de gestionar estos momentos tan críticos. En cambio, el cerebro racional ha brillado por su ausencia porque las dos bestias lo impiden.Aunque en nuestra mano no esté, seguramente, solucionar los grandes problemas de nuestro país, sí gestionar nuestras vicisitudes que no son pocas. Por eso me atrevo, ahora que la mayoría del país está en vacaciones, a pedir que se desenchufen los dos primeros cerebros -el reptiliano y el límbico- y rogar que el neocórtex recupere el espacio que nunca debió perder durante los meses anteriores de trabajo. Leer, entender los puntos de vista diferentes al nuestro, profundizar en nuestras propias convicciones, contrastar nuestra dudas con fuentes solventes y salir de nuestra burbuja que nos impide ver la realidad tal y como es, no como nuestros sesgos nos la muestran. Unas semanas por delante para amordazar al cocodrilo y atar al caballo, le bastarán a nuestro neocórtex para empezar el curso renovado de fuerzas para luchar contra tanta falta de lógica a nuestro alrededor.
Solo un cerebro en vacaciones
Un médico americano formuló en los años 50 una teoría sobre el comportamiento de la mente humana.








