El avance de los sistemas de inteligencia artificial y de los minicerebros a partir de células madre plantea nuevas preguntas sobre la consciencia

Hagamos un experimento mental. El Doctor No te saca el cerebro del cráneo y lo mete en un frasco con todos los nutrientes necesarios para mantenerlo vivo. Pone especial cuidado en conectar tus ojos y tus oídos, que siguen puestos en tu cabeza como siempre, a unos cables de alta tecnología que los mantienen unidos a las zonas correctas del cerebro, es decir, las áreas primarias del procesamiento visual y auditivo. Lo que tus ojos ven y tus oídos oyen llega por tanto al cerebro como siempre. Así que allí estás tú, mirando tu cerebro metido en un frasco. Bien, ahora responde: ¿dónde está tu consciencia?

Como tienes unos conocimientos básicos de neurología, tú sabes que tu consciencia debe estar en algún lugar de ese órgano de kilo y medio metido en un frasco allí delante de ti. Pero lo que sientes no es eso en absoluto. Lo que tú sientes es lo mismo que antes de que el Doctor No empezara la operación: que tú estás detrás de tus ojos y en medio de tus dos oídos. Es evidente, ¿no? El Doctor No ya puede llevarse tu cerebro a la habitación de al lado o al planeta Mongo, que tú vas a seguir estando donde estás ahora, detrás de tus dos ojos y en medio de tus dos oídos, ¿no es cierto?