El desarrollo de “minicerebros” con células madre abre una nueva vía en el debate sobre qué es permisible o no en la investigación médica
Un selecto grupo de científicos, filósofos, juristas y activistas se reunió la semana pasada en Asilomar, un antiguo campamento de la YWCA (asociación de jóvenes mujeres cristianas) cerca de Monterrey, California, que por alguna razón se ha convertido en el epicentro de los debates éticos sobre la ciencia. Hace justo 50 años que las rústicas instalaciones de Asilomar albergaron una cumbre científica para regular la entonces incipiente disciplina de la ingeniería genética
a>. Esta vez el tema son los “minicerebros”, o minibrains, generados en el laboratorio a partir de células madre y un conocimiento cada vez más sofisticado de la biología del desarrollo.
La razón para crear minicerebros y otros “organoides” (versiones miniaturizadas de los órganos humanos) es de índole biomédica. Si el minicerebro se ha generado desde células madre de una persona con autismo, puede revelar las peculiaridades de la conectividad de las neuronas que subyacen a ese trastorno. Si el minicerebro se infecta con el virus zika y eso inhibe la proliferación de las células precursoras de las neuronas –como es el caso—, los científicos descubren la explicación de la microcefalia (cabeza pequeña) que padecen algunos bebés de madres contagiadas con ese virus. Son solo dos ejemplos de una larga lista de avances que permiten los organoides.






