El día en que una sociedad deje de conmoverse ante el dolor concreto de los más frágiles habrá empezado también a perder lo mejor de sí misma. Cuidar de esas pocas vidas es defender la dignidad de todos
Querido Alvarete:
Hoy permíteme que me desahogue contigo. Que me sirvas de sparring para liberar todos mis pensamientos. De verdad que lo necesito. El otro día, hablando con un potencial donante, surgió una pregunta que llevo años escuchando: ¿por qué destinar tantos recursos a causas que, por su propia naturaleza, siempre ayudarán a relativamente pocas personas cuando, con ese mismo dinero, podrían impulsarse proyectos de mayor alcance? La pregunta estaba formulada con toda la buena fe del mundo y no tiene nada de indigna, porque nace de la razón, pero hay verdades que la razón, por sí sola, no basta para comprender.
Durante unos segundos pensé incluso que quizá tenían razón. Que tal vez nosotros también deberíamos dedicar nuestros esfuerzos a otras causas donde estos pudieran ayudar a más personas. Pero enseguida empecé a pensar en ti. En que, si alguien se limitara a analizar tu vida solo desde una hoja de cálculo, sin tener nada más en consideración, probablemente nunca le saldrían las cuentas. Y, sin embargo, pocas personas conozco que hayan cambiado tanto a quienes lo rodean.







