¿Qué sucede con las mil publicaciones y fotos que terminan cada verano en las redes? Violeta Arnaiz Medina y Sofía Ruiz de la Viuda, de PONS IP, nos explican claves a tener en cuenta este verano.El verano es época de huellas. La huella de nuestros pasos en la arena durante los soñados días de playa, la -no tan efímera- huella de carbono que generan los miles y miles de desplazamientos estivales, pero también otra menos evidente -y no por ello de menor impacto-: la huella indeleble de nuestro paso por las redes. Y es que hasta los verbos que usamos para definir esta actividad -navegar o bucear en internet, en español, surfear la red en inglés o en francés- aluden al agua, al mar y, en definitiva, al verano.De la misma forma que las redes de pesca atrapan todo lo que hay en su radio de acción, las redes virtuales -las apps de viajes, las páginas de venta de entradas, las redes sociales a través de las que compartimos geolocalizaciones, videos de nuestros artistas favoritos en un festival, o reencuentros con amigos- extraen el valor de esos datos y contenidos con los que las personas vamos alimentándolas.¿Qué ocurre, por ejemplo, con la propiedad intelectual de todas esas fotos/videos con que, en verano, atiborramos nuestras cuentas de Instagram o Facebook y que tal vez, convertidas en memes o en videos, se vuelvan virales? En palabras de la propia Meta -dueña de las dos plataformas citadas-, al publicar cualquiera de estos contenidos, «nos otorgas una licencia internacional, libre de regalías, sublicenciable, transferible y no exclusiva para alojar, usar, distribuir, modificar, publicar, copiar, mostrar o exhibir públicamente y traducir tu contenido, así como para crear trabajos derivados de él». Esa licencia finaliza, en teoría, cuando retiras ese contenido. Pero, ojo, si otro usuario ha usado tu contenido y no lo ha eliminado, «la licencia sigue vigente frente a esa copia» lo que, en la práctica, supone una pérdida de control sobre cualquiera de nuestros contenidos que hayan gozado de buena aceptación en la red.Del mismo modo, si en verano le preguntas a Chat GPT sobre qué meter en una maleta para pasar 7 días en Sicilia o dónde comer en ese pueblo de Castilla en el que has parado en tu ruta hacia la playa, has de saber que tanto los prompts o contenidos que introduzcas, como los resultados que, a partir de tus instrucciones, genere el sistema, podrán ser utilizados por Open AI para entrenar sus modelos de IA y «mejorar sus servicios». Como con las redes de pesca, nada de lo valioso se desaprovecha.Algo similar sucede con nuestros datos y con esa tela de araña aparentemente invisible que vamos tejiendo durante nuestra navegación por la web. Meta ya nos advierte: «usamos la información sobre las conexiones que entablas, las opciones y la configuración que seleccionas, y lo que compartes y haces en nuestros Productos o fuera de ellos para personalizar tu experiencia».¿Qué significa esto en la práctica? Significa que cada selfie en la playa, cada vídeo del festival, cada búsqueda de un restaurante o cada ubicación compartida van componiendo un retrato sorprendentemente preciso de quiénes somos, qué hacemos y cómo nos movemos. Y ese retrato tiene mucho valor. No solo permite que las plataformas nos muestren publicidad cada vez más afinada o nos recomienden contenidos que probablemente nos gusten, o anuncios que nos incentiven a comprar y gastar, sino que también alimenta los sistemas de IA que san y desarrollan, que necesitan cantidades ingentes de textos, imágenes y comportamientos reales para seguir aprendiendo. En la era de la IA, donde los datos y contenidos no sintéticos son oro, la célebre cita «si no pagas por el producto, el producto eres tú» cobra más sentido que nunca.Y aquí hace su aparición una de las grandes polémicas de este momento: Meta no ha pedido el consentimiento expreso de sus usuarios -ni en Facebook ni en Instagram- para entrenar sus modelos con muchos de los contenidos públicos -nombre y foto de perfil, por ejemplo- de dichos usuarios, apoyándose, en su lugar, en el denominado interés legítimo, una de las bases jurídicas previstas para el tratamiento de datos personales en el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD). Y la diferencia entre uno y el otro no es menor: en el segundo caso, el tratamiento se realiza por defecto y tendremos que ser nosotros quienes demos el paso de manifestar que no queremos que nuestra información se utilice para entrenar sus modelos de IA.Precisamente ahí se concentra buena parte del debate: si entrenar modelos de IA con millones de fotografías, comentarios y publicaciones constituye un uso tan distinto de aquel para el que cada uno de nosotros compartimos originalmente esos contenidos que exige un consentimiento específico, o si basta con ofrecer un mecanismo para que quien lo desee pueda excluirse. Y ello sabiendo que, aun ejerciendo ese derecho de oposición, el margen de maniobra es limitado: no permite retroceder el entrenamiento ya realizado con publicaciones nuestras anteriores, y deja fuera las fotografías o vídeos que otros hayan subido de nosotros y en los que simplemente aparezcamos. La polémica está servida -tanto, que, por ejemplo, Meta tuvo que retirar, a los pocos días de su lanzamiento, una nueva funcionalidad que reutilizaba fotografías públicas de Instagram para generar imágenes mediante IA-.Violeta Arnaiz MedinaPONS IPEs Directora de Propiedad Intelectual, IA y SoftwareSofía Ruiz de la ViudaPONS IPEs consultora de Propiedad Intelectual, IA y Software |Lo cierto es que una vez que una determinada información ha servido para entrenar un modelo, no existe una forma sencilla de sacar los datos del circuito. Por ello, la conversación sobre la privacidad debe extenderse también al control real que conservamos sobre nuestras imágenes y nuestra huella digital una vez que entra en el ecosistema de la IA.Al volver de vacaciones, a la preocupación de limpiar bien la arena que nos hemos traído de la playa, debe añadirse otra: la de que nuestro rastro en las redes -fotos, vídeos, ubicaciones, datos- no siga alimentando engranajes tecnológicos ni económicos ajenos. No se trata de dejar de compartir recuerdos, sino de hacerlo sabiendo qué ocurre con ellos una vez que abandonan nuestro móvil. Conocer las reglas del juego resulta esencial para proteger nuestra privacidad porque la huella digital, a diferencia de la que dejamos en la orilla, rara vez desaparece con la siguiente ola.
La huella digital: la otra huella del verano
¿Qué sucede con las mil publicaciones y fotos que terminan cada verano en las redes? Violeta Arnaiz Medina y Sofía Ruiz de la Viuda, de PONS IP, nos explican claves a tener en cuenta este verano.










