Pocos podrán discutir que el verano es mucho más que una estación. Es una promesa, una industria, un recuerdo de infancia y una construcción cultural. Para muchos, un paraíso, para otros, una tortura. Para todos, una de las pocas épocas del año en las que todavía parece posible imaginar otra vida. Porque en verano todos tenemos la sensación de que algo importante está a punto de suceder, aunque sea en septiembre.

En Melón con jamón (Temas de hoy, 2026), Enrique Rey, que comparte su profesión de periodista con la de instructor de vela en Murcia, convierte esta estación aparentemente ligera en objeto de estudio.

Un volumen a medio camino entre el ensayo cultural, la memoria personal y la crónica social, en el que el autor analiza cómo España ha hecho del verano una especie de religión civil y cómo el turismo, la publicidad, las redes sociales o la arquitectura han moldeado nuestra forma de vivirlo, amarlo y odiarlo.

¿Por qué ha escrito Melón con jamón? ¿En qué momento se dio cuenta de que el verano daba para un ensayo?

El verano siempre ha sido un fenómeno inabarcable, pero es que ahora también resulta interminable. Empecé pensando en el verano como en una locomotora que empuja nuestro país hacia no se sabe qué precipicio, pero esa misma fuerza también tira de nosotros y nos conduce a lugares inesperados.