Los brigadistas destacan la fuerza y anarquía del incendio de Ávila e insisten en mejorar los dispositivos

El incendio “más grande y más complejo” de los 20 años de experiencia de un bombero empieza a desinflarse. Pero el sur de Ávila aún humea y brotan súbitas llamaradas allí donde se preveía la paz; también porque no llueven más que malos augurios sobre un verano donde se otean olas y olas de calor. Los brigadistas han chocado con un fuego anárquico, con vendavales cambiándolo de dirección, cabalgando sobre sierras y bosques secos, atiborrándose de combustible vegetal no gestionado, desbordando la capacidad de extinción humana. La situación ha ido a ligeramente a mejor: “Parece que se ha dormido el monstruo”, sintetiza otro brigadista, exhausto, tras cinco días de persecución con la bestia yendo y viniendo, subiendo y bajando. Pero todos siguen en alerta.

Hablar con los integrantes del operativo durante estas jornadas críticas exige acoplarse a su ritmo: o bien andar rápido a su vera mientras despliegan mangueras o preparan el batefuegos o bien respetar su descanso en polideportivos, sentados en aceras o a la sombra de un árbol. El mensaje es uniforme: nadie se había enfrentado nunca a algo similar. Jamás en las dos décadas de profesión de uno, menos en los dos veranos de un chaval, en los siete de otro. Misma respuesta sin importar la procedencia. El despliegue mezcla toda clase de trajes, parches en la ropa, colores de camiones y acentos: a los abulenses se unen refuerzos del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (Miteco), con dos Brigadas de Refuerzo en Incendios Forestales de Ávila y una de Soria, Cuenca, Madrid y La Palma, y compañeros de ayuntamientos, diputaciones y de otras autonomías. Todos a una contra los focos aunque a veces haya descoordinación.