Hubo un tiempo en el que los incendios forestales se cebaban especialmente con Galicia, y allí gobernaba un político que no solía rendir cuentas en el Parlamento gallego y sí a través de medios ampliamente subvencionados por su partido: la explicación a que cada verano ardiera el monte gallego se basaba en “éche o que hai”, un pensamiento mágico que estaba tan incrustado en Galicia que todas las desgracias parecían sobrenaturales, de origen divino, y desde luego no se podían atribuir a la Xunta de Feijóo. Buscar explicaciones y causas era cosa de rojos alborotadores porque el monte ha ardido siempre, siempre ha hecho calor y exigir responsabilidades al PP gallego era un sucio intento de politizar la desgracia. Aquellos años coincidieron con la caída del presupuesto público dedicado a la prevención de incendios y gestión forestal: de los 1.742 millones de euros de 2009 a los 1.295 de 2022, sumando partidas estatales y autonómicas. Las comunidades autónomas tienen la competencia de la gestión forestal desde la desaparición de ICONA en 1995 pero nadie parece darse por enterado, especialmente en el partido de Alberto Núñez Feijóo. Sin embargo, las excusas han evolucionado al ritmo de los incendios incontrolables y las salvajes olas de calor: el pensamiento mágico ha derivado en conspiranoia. Es esa disonancia cognitiva que, según las circunstancias y países, te impide creer en cambios climáticos o en la posibilidad de perder unas elecciones o una Copa del Mundo.