Tal como están las cosas, Carles Puigdemont podría tener una oportunidad de salir de su lento eclipse. Regresar a Cataluña con el aliento de la sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea como impulso. Debería servir para acelerar el proceso de ejecución de la validación de la amnistía y volvería a situarle en primer plano. Ciertamente hay un precedente que no ayuda: la tocata y fuga de Puigdemont, su regreso y huida de Barcelona, en el que se dejó buena parte del carisma acumulado en los momentos álgidos del procés. Lo que debía ser un golpe de efecto para devolver la ilusión a la parroquia, quedó deslucido al no osar afrontar las consecuencias de su desafío. Y un gesto que tenía que servir para relanzar un movimiento a la baja acabó en desilusión. Desde aquel día su imagen se ha ido desdibujando, sus apariciones vía pantalla no tienen alma, y el resultado es que ha conducido a Junts a un impasse, cada vez más lejos de ser la derecha nacional catalana que fue en su día y que ha dejado un vacío en la representación política que abre perspectivas inquietantes. Ahí está Aliança Catalana, la extrema derecha nacional catalana, como advertencia para los que se empeñen en negar la realidad.La validación europea de la amnistía abre un escenario a la reconciliación que es lo que en este momento parece razonable, cuando seguir en pie de guerra no lleva a ninguna parte. Las relaciones de fuerza son las que son, y si la derecha nacional catalana sigue soñando en dar el paso le queda mucha tarea por delante. Y reconocer la realidad es la única manera de emprenderla. Sin duda es una conquista positiva para los demócratas de cualquier perfil, sean catalanes o españoles, que la justicia europea haya dicho sí a una propuesta contra la que PP y Vox han movilizado a las estructuras del Estado. El Constitucional rompió el tabú y la justicia europea le ha dado la razón. Y esta es ahora mismo la carta a jugar. Una entrada en escena de Puigdemont —con riesgos personales sin duda, pero cuando se juega al límite y se quiere conservar la credibilidad hay que correrlos— daría empaque a su debilitada figura. Evidentemente, ahora mismo la cuestión está en manos de Tribunal Supremo español. Hay dudas acerca de si el Constitucional puede hacer efectiva por su cuenta la aplicación de la amnistía. Y es de dominio público la tensión entre el poder ejecutivo y el poder judicial, con procedimientos en curso cargados de prejuicios políticos, como vemos cada día en los medios de comunicación. ¿Acatará el Tribunal Supremo la resolución del Tribunal europeo, en un momento en que se abundan las iniciativas judiciales en contra espoleadas desde la derecha?Las dudas conectan con este inquietante momento en que la extrema derecha se cobra las vacilaciones de las derechas. Lo vemos en España, pero también en Cataluña, con Aliança Catalana, el neofascismo local, desbordando a Junts. El regreso de Puigdemont obviamente tendría sus riesgos —y ya ha demostrado muchas veces que su cuerpo no se lo pide— pero estaría legitimado por la senda marcada por el Tribunal Europeo. Lo que no hay duda es que si sigue en la lejanía su deriva hacia el olvido será definitivamente imparable. Y solo el día que Junts asuma que esta etapa pasó podrá pensar en recuperar el terreno perdido y volver a ser la derecha catalana, después de un largo ejercicio de sumisión a un liderazgo caído por impotencia. ¿Le daría el regreso una segunda oportunidad? Esta es la cuestión que Puigdemont debe resolver: apostar por el riesgo o encallar definitivamente en la melancolía.