Hay dos tipos de personas a las que les gusta el fútbol. Las que heredaron un equipo, unos valores, un abono y una ristra de domingos que comenzó mucho antes de que nacieran y las que, a falta de ese patrimonio, nos hemos subido de polizón al barco y solo navegamos los mundiales, como quien solo pisa la iglesia en las bodas.

Se supone que somos las espectadoras de segunda; que no nos enteramos de nada. Puede ser. Pero para mí esta forma de pobreza esconde un privilegio: nosotros todavía podemos entregarnos a esta forma de liturgia universal que es el fútbol con la ingenuidad que ellos tuvieron de niños, la primera vez que alguien los llevó de la mano a un estadio.