Evoco, ahora que terminó la pausa de hidratación y regresó la rutina de la depresión, unas notas sobre el futbol que escribí en otra vida. Decía por ejemplo que si el pie es feliz cuando hace un “botepronto”, lo es también la boca cuando dice la palabra. Haga la prueba: BO es un balón fonético; TE, cuando toma impulso; PRON es la lengua pateando y TO la parábola del balón en el aire.“Rifarse el físico” es frase con gazné de locutor pedante. Se lo rifa el portero cuando, ante un delantero lleno de músculos, su única defensa es lo que la terminología especializada llama “el hocico” El riesgo de que el delantero confunda el balón con su cabeza es grande. Sea cual sea el resultado del encontronazo —la sangre o el laurel— uno dice respetuosamente: “¡Se rifó el físico!”Abundan elipsis y tropos en la narración del juego: cancerbero por guardameta; respetable por público; nazareno por árbitro; correveidile por juez de línea. “El Perro” Bermúdez creó un estilacho narrativo que consiste en darle tarjeta roja a cuatro vocales (“¡Checherete despere en teretetete!”). Y Ángel Fernández, verbosa mezcla de Góngora y merolico, que una vez dijo pasmado, ante una jugada de pared: “¡Se reinventó la trigonometría en el Azteca!”.Ahora pulula de oligofrénicos que aúllan GOL durante dos minutos para romper el récord Guiness de la histeria, como ménadas griegas, empeñados en monopolizar, ellos solitos, la alegría o la pena de millones. Dante debería haberles diseñado un círculo especial en el infierno.El futbol es pura inminencia: toqueteos preparatorios, cachondeos suspendidos en el delgado azar, un sudoroso ritual de apareamiento. Y de pronto, el balón-espermatozoide en la portería-vagina, etcétera. (Visto así, los pénaltis son pura pornografía.)Cuando un equipo logra el gol se arma un patético ballet de lágrimas, mocos, cópulas, besos, convocatorias al Altísimo, ceremonias vudú, circuncisiones, sambas, cumbias, maromas, orgías, exhibición de pectorales, mecimiento de bebés, pantomimas de cazabombardero y corazoncitos digitales.Reparo, calvo, en que ahora los jugadores se hacen peinaditos. Me cayó bien uno que se llama Cucurela o algo así: parece una cocinera driblando rumbo al sartén de la paella. Otros se tiñen el pelo de amarillo o de azul. Lo que ya no hay son los rapados que usaban la calvicie como intimidación fálica.Sigue habiendo los “yo no fui”, esos que alzan las manos fingiendo inocencia luego de haber sometido el tobillo de un contrario a un interrogatorio judicial. Me enoja esa hipocresía astuta, tan mezquina. Debería haber un reglamento que imponga expulsión inmediata al que haga un yo no fui si sí fue.Hay jugadores que llevan con extras de Hollywood cursos de cómo colapsarse. Una gesticulación bombástica que imita a la Traviata cuando se entera de que Alfredo ya no la quiere. Qué triste show hacen, revolcándose y ululando mientras se tallan el muslo y exhibiendo los molares. El nazareno cae en la trampa y pita. El jugador sana milagrosamente.Supongo que durante el Mundial se evocó al árbitro Don Joaquín que describió Vargas Llosa en La tía Julia y el escribidor, tan divertida. Es tan justo y ecuánime ese árbitro que las multitudes llenan el estadio más para verlo arbitrar que para ver el juego. En una ocasión, expulsa uno por uno a todos los jugadores de un equipo malportado.Qué bueno que no era mexicano, porque en vez de árbitro habría sido juez del acordeón y ya habría metido a la cárcel a todos los jugadores que le cayeran gordos al poderoso infantino de la FIFA morenina…Únete a nuestro canal
Mínima marginalia futbolística, escribe Guillermo Sheridan
El futbol es pura inminencia: toqueteos preparatorios, cachondeos suspendidos en el delgado azar, un sudoroso ritual de apareamiento













