Hace 70 años me inicié en la afición al futbol y no sabía que estaba desarrollando una sólida resiliencia, hasta que apareció esta palabreja que ahora salta feliz de boca en boca. Aprendí, de Mundial en Mundial a asimilar la desilusión y recuperar nuevamente la esperanza. Pero lo que me cuesta trabajo aguantar resilientemente es el actual estilo de crónica deportiva que me parece una ostensible agresión al auditorio. Ahora que el Mundial de Futbol ocupa un buen espacio de la atención pública decidí dar gusto a mi antigua afición y ver varios partidos. Pero la alegría se esfumó al escuchar cómo se ha destrozado la narración. Casi todos los cronistas creen que el entusiasmo solo se expresa elevando el tono y el volumen de la voz en todo momento de la transmisión, aunque en la cancha no ocurra nada digno de entusiasmarse. Empiezan gritando desde que dan las alineaciones y así continúan con un palabrerío a gran velocidad, innecesario en las emisiones por TV; la velocidad a la que hablan supera la mayor parte de las veces a las acciones que vemos en la cancha. Y es que estos narradores —con honrosas excepciones como la de Enrique “El Perro” Bermúdez— olvidan algo esencial: que estamos “viendo” el juego y no necesitamos que nos atosiguen describiéndonos vertiginosamente y a detalle cada movimiento del balón. La crónica debe iniciarse con una ambientación que lleve al espectador hasta el sitio donde se realiza el evento. Describiendo el clima, el ánimo entre el público y otras características que no trascienden por sí mismas la pantalla. El cronista debe señalar el nombre del jugador que toma el balón sin necesidad de describir paso a paso lo que ocurre en la cancha, porque eso lo está viendo el público. Las inflexiones de voz y el volumen elevado se justifican cuando la jugada produce una emoción específica, pero resulta impertinente mantener el mismo nivel durante toda la crónica. En televisión, quien narra puede enriquecer su tarea dando datos estadísticos que interesen al aficionado: aspectos relativos a la condición física de los jugadores o a su historia personal y deportiva; apuntes tácticos sobre el esquema que usa el entrenador y algunos otros elementos que tengan que ver con el partido. Hace un buen número de años me dediqué a la crónica de los deportes. Empecé mi incursión en la profesión haciendo la crónica de un espectáculo deportivo llamado Lucha en Patines en el Canal 8 de Televisión Independiente de México (TIM), empresa que competía con el gigante Telesistema Mexicano dirigido por Emilio Azcárraga. Este controlaba casi todos los estadios, menos los juegos de Monterrey y Puebla, donde TIM tenía canales propios. En Monterrey contaba con un excelente cronista que era Roberto Hernández Jr., pero en la capital decidieron que un servidor se hiciera cargo de narrar partidos de lo que ahora es la Champions, que adquirían en video para emitirlos de modo diferido. Fue así como descubrí el estilo europeo de narración que es pausado y deja al televidente disfrutar mejor del juego. En aquel tiempo compartí transmisiones desde Puebla con José Ramón Fernández, los dos procurábamos mantener un equilibrio que acompasara el ritmo del juego. Dar énfasis a las acciones que lo merecieran y mantener un tono moderado si así lo requería la imagen; en todo caso, agregando algún dato que el espectador no pudiera ver en su pantalla, como la colocación de un jugador que estuviera en posibilidad de recibir un pase. Hay que tomar en cuenta que entonces las tomas de las cámaras no eran tan abiertas como ahora. La narración se aderezaba con comentarios sobre cuestiones técnicas y tácticas del juego, no incluíamos cuestiones personales tan importantes como ¡qué tal estaba el mole que nos cenamos anoche! tal cual ahora se estila. Ese chacoteo me parece una falta de respeto al público. Se olvida que el cronista debe comunicarse con el televidente, hablar con él y para él. Su trabajo no consiste en echar relajo con su colega. Eso significa que la narración deba ser un modelo de seriedad académica, debe ser animada e incluso divertida, pero eso no implica que se convierta en un sketch cómico. Ángel Fernández, con quien compartí las transmisiones del Mundial de 1974, era muy ocurrente y a veces construía giros humorísticos, pero no recurría a la payasada y mucho menos a la vulgaridad. Una posible explicación de la degradación de la crónica puede ser que con ella se suple la pésima calidad del futbol mexicano y así se retroalimenta una espiral negativa que hunde la naturaleza de ambas. Pero los aficionados deberíamos hacer valer el hasta ahora ilusorio “derecho de las audiencias” y levantar la voz —nosotros sí— contra ese molesto estilo de narrar el futbol. @DEduardoAndrade Investigador de El Colegio de Veracruz y Magistrado en Retiro ORCID 0009-0002-4714-7408 Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.
Crónicas insufribles, escribe Eduardo Andrade
Empiezan gritando desde que dan las alineaciones y así continúan con un palabrerío a gran velocidad, innecesario en las emisiones por TV












