El fútbol tiene la mala costumbre de preguntarle al corazón cuestiones que la razón parecía haber dado por resueltas

En el fútbol cabe la vida. Existen tantas maneras de sentirlo como maneras de vivir. Las de España y Argentina son auténticas porque representan una larga búsqueda colectiva. Es hora de felicitarlos, porque una final de Copa del Mundo se parece mucho a un puerto de llegada. Eso sí, las dos selecciones saben quiénes son, saben lo que quieren, pero en la meta cabrá una sola. Cuestión apasionante.

El fútbol no nos pide solamente una opinión. A veces nos obliga a explicar quiénes somos. España y Argentina me han colocado delante de esa obligación. Hay partidos que se juegan en una cancha y, también, dentro de uno mismo. Se especula con que será una batalla, no lo creo. La única batalla que espero la libraré por dentro: entre la memoria y la gratitud.

Admiro del fútbol español la construcción de un estilo que el tiempo convirtió en escuela. Llegó brillantemente a la final de la Copa del Mundo, en la misma semana en que fue campeón de Europa sub 19 en hombres y en mujeres. Viene de atrás, apunta lejos.

La tendencia nos está llevando hacia un fútbol cada vez más atlético en el que prevalece la lucha por ocupar los espacios y el culto al individuo sobre la idea de equipo. Pero España mide a los jugadores por el tamaño del talento, no conoce espacio más relevante que la circunferencia del balón y juegan todos para todos. Convicciones que le ayudan a gobernar los partidos de una manera hasta amable.