pluma invitadaEl futbol también enseña que el precio es información pura.

Hace unos días observé a un grupo de niños completar su álbum del Mundial. Lo que parecía una tarde tranquila terminó en una negociación digna de la Bolsa de Nueva York. Una estampa repetida de un jugador desconocido valía poco; una de Messi, en cambio, se cotizaba en tres o cuatro figuritas. Nadie fijó esos precios. Ningún maestro repartió una tabla de equivalencias. Los niños, por su cuenta, construyeron un mercado con su propia tasa de cambio.

Esa escena encierra una de las lecciones más profundas de la economía, y el Mundial nos la sirve a gran escala. Piense en el último partido del Mundial que vio. ¿Quién ganó dinero con esos 90 minutos? La Fifa gana, en promedio, cerca de US$90 millones por partido. Eso incluye derechos de transmisión, patrocinios, boletos, mercancía, etc. Las marcas que pagan más de US$100 millones por ser patrocinadores del torneo. Panini, la empresa de las estampas, venderá cerca de US$1 mil 500 millones este año. Sin embargo, más allá de esos números grandes, hay muchos otros actores del mercado que se benefician. El bar de la esquina que llenó sus mesas, el restaurante, el revendedor de boletos, la casa de apuestas. La lista crece más de lo que uno imagina. Y aquí está lo notable: nadie coordina a todos esos actores. No hay un comité central que le ordene al dueño del bar cuánta cerveza comprar ni a la fábrica de estampas cuántas enviar a cada país.