Hace poco más de un mes, mientras disfrutábamos de un cumpleaños infantil colectivo, observé de cerca una escena que me dio que pensar. El escenario: un trozo de parque, césped, varios árboles, una fuente cercana, una cancha de baloncesto. Un poco más de cerca: tres mesas con distintos manteles decorados con motivos florales, varias guirnaldas, una estación casi profesional de preparación de perritos calientes, tres tartas, cada una al gusto de su cumpleañero, y un altavoz esparciendo cumbia a un volumen aceptable y agradable.
Llega la hora de soplar las velas y los cumpleañeros se colocan delante de sus tartas, dispuestos a soplarlas. Sus compañeros y compañeras de clase los rodean y se preparan para cantar el cumpleaños feliz. Una segunda fila de madres, padres y otros familiares levanta sus teléfonos móviles casi al mismo tiempo. Los niños soplan las velas, comienzan los primeros aplausos tras el cántico cuando, de repente, alguien exclama: “¡No! Repetidlo, por favor, que no le he dado a grabar”. Las velas vuelven a encenderse. Los niños se recolocan. Se canta otra vez. Los homenajeados vuelven a soplar. El cumpleaños ocurre por segunda vez para que pueda existir la primera.
La escena tiene algo cómico, incluso entrañable, y dice mucho de nosotros. No solo porque hagamos muchas más fotografías, en general, sino porque cada vez nos cuesta más aceptar que una experiencia pueda ocurrir sin dejar de inmediato una prueba de que ha ocurrido. O, peor todavía, como si ninguno de los más de doce adultos alrededor pudiera pasarte su vídeo o su foto por WhatsApp. Había que tener el propio.









