Antes de que la juguetería tecnológica nos individualizara a todos, los veranos eran otra cosa. Algo parecido a habitar el impresionismo. El albedrío y la socialización. En la mesa las fresas, las cerezas, los frutos rojos. Y un inventario de juegos infantiles ya solo presentes en el Costumari català y en la mente del ya añorado Josep Maria Cadena. Cuando Barcelona era más antigua y compartimentada en barrios, los niños jugaban en la calle, se relacionaban y se encantaban con felicidades primitivas y simples. Es lo que había. Lorena Sopena / Europa PressLa memoria siempre es una emoción pasada. Dulce o amarga, en todo caso amable, meliflua. Sin veneno. No siempre, pero… Lejos aún de las pantallas y los móviles, la imaginación infantil se derramaba ingenua. Eso era cuando una escoba entre las piernas era un brioso corcel. Una rama, la espada de El prisionero de Zenda …, mientras las niñas jugaban a mayores y el tiempo era lento y pegajoso como los días nublados como la regaliz, como el chicle y el aceite de las meriendas en las tardes vacacionales. La vida se vivía en la calle, los vecinos se hablaban de ventana a ventana. Los niños eran felices, pero los padres se desolaban en la vida diaria: el franquismo era implacable. El luto, feroz. Y todos enfrascados en vivir. En sobrevivir sin entusiasmo.¿El orgullo de la memoria puede ser una defensa ante los tecnooligarcas que pretenden cambiarnos el mundo?Piedra, papel, tijera, las chapas, las canicas, los tacones, el pañuelo… Todo al aire libre –au plein air, para seguir con el impresionismo–, juegos de grupo, de rasguños y pedradas, de mercromina, mocos y competición de meadas. Esos niños y niñas eran el comienzo de algo, de un futuro escrito con tiza en el suelo como en el juego de la rayuela, en que se recorrían unas casillas saltando con un solo pie empujando una piedra. Imaginación y creatividad. La poesía de la supervivencia y de lo efímero. El lujo de saberse muchos. El orgullo de grupo. Los juegos heredados. El sentido de pertenencia a una colectividad. La tribu. La cultura popular arrancada a los siglos. Todo ello sin que, aún, la IA y la dictadura tecnológica los condicionaran. Los niños jugaban a ser niños.Y en la cúspide del verano llegaban las verbenas, el signo de admiración en el cuaderno de la fiesta colectiva. El estrépito del culto al fuego. La espera anual del festejo, la apoteosis del vecindario en los terrados. Todos – ai las! – tenemos una verbena pendiendo de nuestra alma. Y la chiquillería boquiabierta con la magia de los cohetes: del refinamiento chino al estruendo sin elaborar de nuestro litoral. En según qué culturas un cohete para cada ser querido… ¿El orgullo de la memoria puede ser una defensa ante los tecnooligarcas que pretenden cambiarnos el mundo? No sé.