En EGB tenía un amigo con el que quedábamos las tardes de julio para jugar al MarioKart y al HeroQuest. Decía que de mayor quería ser diseñador de montañas rusas. En su casa tenían dinero, y cada verano sus padres lo llevaban a Eurodisney, a Disney World o a Japón. Con mi familia nos íbamos a pescar a un pantano de Huesca, que también estaba superbién, pero no era lo mismo. Hoy especula con trufas y hace surf entre tiburones en Australia. Me desvío. El caso es que siempre fue un fanático de las emociones fuertes. Teníamos catorce años. Imaginen el impacto que supuso para él, y para mí por efecto expansivo, el anuncio de la construcción, a cuatro pasos de casa, de un parque de atracciones, con la montaña rusa con más loopings del mundo. Pasamos meses soñando y fantaseando con el Dragon Khan, todas las tardes, al salir del colegio. Trotábamos con las mochilas a cuestas. Que cómo sería, que si la gravedad cero, que si se rumoreaba que a un operario le había explotado el corazón durante las pruebas técnicas pero el Gobierno quería silenciarlo. Cuando por fin llegó el día de ir, estábamos nerviosísimos. Nos sabíamos de memoria los tirabuzones, los giros, las caídas. Él tenía previsto subirse cuatro veces seguidas, para poder hacer distintas valoraciones. Yo estaba cagada y, cuanto más me acercaba a la atracción, más alta me parecía. Pero claro. Después de tantos meses de espera, de conversaciones entusiastas, de expectativas, de apuestas, acabé montando. Pudo más el miedo a perder un amigo que el miedo a que, en el segundo tirabuzón, me explotase el corazón y el Gobierno tratase de silenciarlo. El primer arroz de domingo con invitados acojona más que plantarse a los pies del Dragon Khan por primera vez y levantar la vista. El domingo pasado, a eso de las tres, recibí un mensaje de WhatsApp de mi hermana en el que se leía [todo en mayúsculas]: “He hecho arroz con gambas. Con su sofrito. Con el agua de los mejillones. Ha salido tan rico. Parece de restaurante. Como de señora que cocina. Mira mira” y la foto, claro. Ese día tenía invitados, y les había servido un arroz. Mi hermana tiene dos licenciaturas y dos posgrados, y compagina el trabajo con los estudios de una tercera carrera universitaria. Es una persona capaz y competente. Ahora bien: siempre le ha intimidado la cocina. Ha prosperado durante décadas en todos los ámbitos en los que se lo ha propuesto. En paralelo, resolvía la comida y la cena a base de cremas precocinadas, cositas a la plancha y ensaladas rudimentarias. Porque con los guisos y los arroces, la cocina “seria”, no se atrevía. Este miedo paralizante prospera en adultos hechos y derechos, organismos humanos plenamente funcionales, espléndidos, y en un contexto plagado de recetarios de arroces, libros especializados, cursillos técnicos, artículos y tutoriales de YouTube dedicados a las cazuelas y a las paellas. Hace un par de años, un día, sin ningún motivo aparente, mi hermana decidió ponerse a guisar. Empezó con cosas sencillas: caldos, sopas, legumbres. Pero un día hizo carrilleras al vino. Otro, suquet de pescado. El siguiente paso fue, claro, lanzarse a por un arroz de domingo, la montaña rusa más alta. La reina de las recetas con carga ritual. Efectivamente, de la embestida salió un arroz. Cuando tuvo la cazuela presentada, le sacó una foto y se la envió a todos sus contactos. “¡HE HECHO ARROZ! ¡HE HECHO ARROZ!”. Le salió un arroz de calidad discreta, por supuesto, pero en aquel momento le pareció extraordinario. Ese triunfo tuvo el mismo efecto que descorchar una botella de champán. Poseída por la efervescencia arrocera, durante una temporada hizo un arroz cada semana. A familia y allegados nos tenía aturullados con tanta foto. No quedó satisfecha ni tranquila hasta sentir que por fin le había cogido el punto. Este domingo pasado sirvió su primer arroz en una mesa con invitados. No siempre lanzarse y triunfar es cuestión de tener a mano la información y las herramientas adecuadas y de darle tiempo al tiempo para que la práctica haga la perfección. Muchas recetas o situaciones culinarias intimidan por motivos ignotos. Llegar a dominarlas es más cuestión de osar, de saltar, que de saberse de memoria los loopings, los giros y las bajadas; los puñados, los gramos y los minutos. Al Dragon Khan se le pierde el miedo después de subir una vez. Este miedo resucita un poco cada vez que haces la cola, pero nunca con la intensidad del primer día. A hacer arroces se aprende haciéndolos, y el miedo escénico ante una mesa con invitados no se va nunca del todo. Detrás de cada arrocito de domingo hay un temerario o un valiente, y la adrenalina es parte de la gracia.