Hace ahora sesenta años, una comisión de legisladores estaba redactando la ley orgánica del Estado, que pretendía introducir en el ordenamiento legal franquista algunos elementos democráticos, como la elección directa de una parte de los procuradores en Cortes o la posibilidad de legalizar las asociaciones políticas. Otra de las novedades de la ley era la separación de los cargos de jefe del Estado y presidente del Gobierno, que hasta entonces habían coincidido en la persona de Franco.Por su autobiografía sabemos que Manuel Fraga Iribarne, a la sazón ministro de Información y Turismo, estaba muy atento a los avances de esa comisión, sin duda porque le permitían soñar con presidir algún día el Consejo de Ministros. “La prensa alemana (Die Zeit y Der Spiegel) me complica la vida, mencionándome como próximo presidente del Gobierno”, anota, no sin coquetería, en sus diarios de ese lejano verano de 1966. Cola para el pan, el pasado día 10 en La Habana ADALBERTO ROQUE / AFPAprobada la ley en referéndum el mes de diciembre, sabemos que Franco no tenía la menor prisa en nombrar presidente y que, cuando lo hizo (en 1973), se decantó por Carrero Blanco y no por Fraga, al que había expulsado del gobierno cuatro años antes.Pudieron participar en ese referéndum todos los españoles mayores de veintiún años inscritos en el censo electoral. Que también las mujeres pudieran votar era un guiño que lanzaba a Europa el sector reformista del gobierno, deseoso de adoptar un barniz democratizante que allanara el camino hacia el soñado ingreso de España en el Mercado Común. Por lo demás, el referéndum estuvo lejos de cumplir los requisitos mínimos exigibles de neutralidad y transparencia, y entre otras medidas de dudosa calidad democrática se encontraba la de que quienes no dispusieran del correspondiente certificado de votación no cobrarían el sueldo del mes siguiente.Nadie convoca un plebiscito si no es para ganarlo. Ese 14 de diciembre, el gobierno de Franco se pasó de frenada y ganó el referéndum con un 96% de votos afirmativos, uno de esos resultados “a la búlgara” que se desacreditan por sí mismos. El pucherazo, además, se llevó a cabo con tal torpeza que, tal como recuerda el historiador Nicolás Sesma en Ni una ni grande ni libre, el número de votos favorables acabó superando en dos millones al total de electores, lo que fue el hazmerreír de los periodistas extranjeros.Se tarda un día en liquidar la democracia y años en recuperarla: 32 en Chile, 27 en Argentina; en Cuba, habrá que verSi a una bicicleta le quitas los pedales, sigue siendo una bicicleta. ¿Cuántas piezas más habría que quitarle para que dejara de serlo? Con las dictaduras ocurre lo mismo: que en sus transiciones a la democracia no siempre se puede concretar cuál es la medida legal que determina su extinción como dictadura y su reencarnación como democracia. Aquella ley orgánica de 1966, que para los reformistas del régimen era el inicio de un periodo constituyente, finalmente no pasó de ser una simple operación de maquillaje, y el régimen siguió siendo una dictadura hasta la muerte de Franco en 1975 (y un poco más).La democracia chilena, liquidada por Augusto Pinochet en septiembre de 1973, necesitó no menos de 30 años para reconstruirse: los 17 de dictadura en sentido estricto y otros 15 de una transición que concluiría con la reforma constitucional del 2005 y la muerte de Pinochet en el 2006.El caso argentino no fue muy diferente: siete años de dictadura militar tras el golpe de 1976 y una larga travesía hacia la democracia que arrancó con las elecciones de 1983 y se completó en el 2003 con la definitiva subordinación de las fuerzas armadas al poder civil y la anulación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. Se tarda un día en liquidar la democracia y un montón de años en recuperarla: 27 en Argentina, 32 años en Chile.El caso de Cuba no admite muchos paralelismos con los anteriores, y la pregunta es cómo acabará saliendo del atolladero actual. El Partido Comunista es especialista en no dejar pasar la oportunidad de dejar pasar las oportunidades. Desaprovechó otras coyunturas para iniciar su propia perestroika (el hundimiento del bloque soviético, la renuncia de Fidel Castro a sus cargos) y ahora ha anunciado un proceso de apertura a la democracia liberal y el libre mercado. Lo hace acuciado por el hambre de la población y por las amenazas de Trump. Habrá que ver cómo acaba.
Otras ‘perestroikas’, por Ignacio Martínez de Pisón
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