Luces para la Constituci�nSe cumplen hoy 90 a�os del 18 de julio de 1936,el d�a en el que comenz� la Guerra Civil tras el fracaso del golpe de Estado que desemboc� en la dictadura de Franco. El historiador ha estudiado los �ltimos meses de la II Rep�blica que desembocaron en la contiendaAraba PressActualizado Viernes,

julio

22:48Se cumplen 90 a�os del golpe de Estado que dio lugar al estallido de la Guerra Civil y parece que las heridas…Hay una presencia asfixiante de ideolog�a de memoria y este es nuestro problema. Han convertido lo que era algo minoritario en el mundo acad�mico en un precepto que todos tenemos que cumplir, el llamado deber de memoria. Es pura ideolog�a. �Y eso qu� implica?Que estamos obligados a estar continuamente recordando algo que no hemos vivido, presos de la falsedad de que las sociedades tienen memoria y est�n obligadas a saldar deudas morales con el pasado.�Cree que esas heridas se han vuelto a abrir por un c�lculo pol�tico?En el origen de la ideolog�a de la memoria hay un problema del mundo intelectual y acad�mico de izquierdas: desde los a�os 70, coincidiendo con la Transici�n, las investigaciones hist�ricas hab�an demostrado que la consolidaci�n de la democracia en los a�os 30 no hab�a existido. Es decir: que el proyecto republicano, incluso antes del golpe de Estado, no estaba consolidado.�Por qu�?A mi juicio, es una estrategia para no debatir la cuesti�n fundamental que durante la Transici�n hab�a quedado clara: que el proyecto republicano hab�a fracasado antes del golpe y por lo tanto no era un modelo de pluralismo democr�tico. Si uno estudia seriamente los a�os 30 se da cuenta de que no es bueno reabrir heridas si quieres cicatrizarlas. La historia puede ser objeto de estudio y de debate entre historiadores y lectores, pero no debe ser el arma de combate en el espacio partidista.La simplificaci�n del pasado como instrumento ideol�gico.Y en el caso espa�ol est� al servicio de una visi�n ideol�gica que se entrelaza con un problema de la izquierda espa�ola: �sta siempre ha considerado que la construcci�n de la democracia es patrimonio exclusivo de ellos, agentes modernizadores por naturaleza frente a una derecha reaccionaria. De ninguna manera se pod�a aceptar un an�lisis del pasado en el que los socialistas quedaran como un obst�culo para el pluralismo y como dinamiteros de la democracia liberal en los a�os 30.Pero…Cuanto m�s han avanzado las investigaciones sobre los a�os 30, m�s claro est� que no s�lo el tradicionalismo de las derechas fue un problema para el pluralismo, sino que las izquierdas, principalmente las obreras, tienen una gran responsabilidad por el fracaso de una democratizaci�n integradora y duradera.�Qu� pasa en las Cortes despu�s del asesinato de Calvo Sotelo, el 13 de julio de 1936?Para empezar, cuando su presidente cita a los diputados para la sesi�n de la Diputaci�n Permanente, despu�s del asesinato, la desconfianza en las instituciones es casi irreversible. Algunos diputados conservadores intentaron entrar armados. La prevenci�n hacia las fuerzas de seguridad controladas por las autoridades republicanas es may�scula. Est�n adem�s los discursos radicales justificando la muerte de Calvo Sotelo en algunos medios. Y quiz�s lo peor, una parte de las autoridades republicanas sab�a perfectamente qui�n hab�a estado detr�s del asesinato y obstruy� la investigaci�n judicial independiente que se puso en marcha de inmediato. Para colmo, el Gobierno sigui� insistiendo en su nefasta posici�n de toda la primavera: no hab�a un problema con una izquierda obrera radicalizada y dispuesta a ejercer la violencia excluyente, sino s�lo con las provocaciones fascistas.�Estaba Espa�a tan polarizada como se dice?No hab�a encuestas, as� que no podemos medirlo con cierto rigor. Con todo, creo que siempre cometemos un error: trasladar la fuerte divisi�n ideol�gica de la prensa de partido y el debate parlamentario, que son las huellas que nos han quedado, al conjunto de la sociedad. Lo que hay es una presencia asfixiante de grupos radicales que no representan a la mayor�a, pero que, en la medida en que el Gobierno no garantiza el Estado de derecho, invaden zonas que les dan cada vez m�s poder: grupos de extrema izquierda realizando labores parapoliciales, infiltraciones golpistas, la primera l�nea falangista respondiendo al desmadre de la violencia obrera, propietarios actuando por su cuenta porque ven desaparecer la garant�a de la propiedad privada... Eso no es polarizaci�n social: es un gobierno que incumple su obligaci�n de usar toda la fuerza del Estado y la Justicia para garantizar los derechos de todos. A partir de ah�, cada uno hace la guerra por su cuenta, y ah� los extremos siempre tienen las de ganar. Si la calle es de los grupos radicales, no es del Estado y no hay oportunidad de ejercer la libertad.Falange apenas hab�a logrado representaci�n en las elecciones de febrero del 36. Sin embargo, la CEDA hab�a tenido un resultado electoral muy bueno, a pesar del contexto.Falange, si se mide por el resultado de febrero de 1936, era irrelevante en la sociedad espa�ola. Pero de repente, en la primavera, las afiliaciones se dispararon y su protagonismo en la violencia es indiscutible. Acusan a los j�venes cat�licos de derechas de cobard�a, de no estar respondiendo al peligro revolucionario con determinaci�n. El �xito de Falange es una muestra de que la radicalizaci�n de los socialistas tiene una consecuencia horrible para la Rep�blica: es una f�brica de fascistas.La derechita cobarde... Las redes de hoy son como los peri�dicos de partido del 36.Y crean esa falsa ilusi�n, que tambi�n se produc�a en los a�os 30, de que tu grupo es mayoritario, de que todo el mundo piensa como t�, porque s�lo lees y escuchas a los tuyos. Eso pasaba entonces sin redes sociales, pero con muy poca prensa independiente y mucha propaganda de partido. Todo eso crea un ambiente que favorece a los radicales y a quienes detestan el pluralismo.�El Estado hab�a perdido el control?Es elocuente que, del cuartel de Pontejos, en Madrid –de donde salen los hombres que perpetraron el asesinato de Calvo Sotelo–, salga una camioneta donde se mezclan guardias de asalto con personas que nada tienen que ver con el cuerpo –por cierto, algunos ya implicados en la violencia de octubre de 1934– y que incluso haya un guardia civil que no deber�a estar all�. Es terrible que se produzca la detenci�n irregular de un diputado. Lo que est� pasando no es extra�o a la luz de lo que se ha vivido en las semanas previas en materia de orden p�blico, como hemos demostrado en Fuego cruzado, con m�s de dos mil v�ctimas graves por violencia pol�tica.�C�mo fue de decisivo que Franco –dicen que le llamaban Miss Canarias por su indecisi�n– se decidiera a unirse al golpe?Franco, como otros militares, no ten�a una posici�n clara por varias razones. La primera es porque unirse a un golpe……significaba jugarse la vida.Hab�a que tener muy claro que el golpe iba a triunfar. En ese sentido, hay que tener cuidado con las reconstrucciones a posteriori, incluso las de los propios militares. Muchos no eran abiertamente antirrepublicanos ni ten�an una ideolog�a clara, y lo que no podemos es llevar al a�o 36 comportamientos o actitudes posteriores. Franco tiene un punto oportunista en la primavera. No apoy� el golpe hasta no tener claro que tiene verdaderamente una oportunidad.Hasta escribir al ministro Casares Quiroga para advertirle de la conspiraci�n que se estaba fraguando.Y luego, �cu�l era el objetivo pol�tico del golpe? Ese era otro problema. Ahora parece que se hac�a para acabar con la democracia republicana; o para restaurar la Monarqu�a; o para implantar un r�gimen fascista. Pero hab�a muchas opciones sobre la mesa. El golpe tiene mucho de improvisaci�n, de relaci�n con la evoluci�n del contexto, de miedo a la revoluci�n, de desconfianza hacia la clase pol�tica derechista… Franco es consciente de esa situaci�n, como los dem�s. Y de que el Gobierno sab�a que hab�a una conspiraci�n en marcha y pod�a ocurrir lo del verano del 32: que el golpe fracasara y el Gobierno y la izquierdas lo utilizaran para reforzarse y dar una vuelta de tuerca en la exclusi�n de la derecha.Y el golpe evidentemente fracasa porque el Ej�rcito tambi�n estaba partido.Claro. Una democracia no puede funcionar si el ej�rcito no est� con el Estado de derecho, igual que una dictadura se fortalece si controla f�rreamente la estructura militar del pa�s. En aquel momento el Ej�rcito se fractura, pero tambi�n las fuerzas de seguridad. Hay una parte importante de la Guardia Civil que no est� con el golpe o reacciona al calor de las circunstancias.Parece que queda establecido que la violencia de la derecha estaba controlada por sus partidos, y la de la izquierda era descontrolada.Ah� siempre ha habido una estrategia historiogr�fica para disculpar la represi�n en la retaguardia republicana. La idea de que era cosa de incontrolados y de que el Gobierno, a medida que se recompone ya con la guerra iniciada, controla la situaci�n. La violencia en la retaguardia republicana es brutal en el verano y el oto�o del 36 y luego disminuye por la propia l�gica de la guerra y del desgaste. La del bando franquista, en cambio, crece a medida que controla m�s territorio y se acent�a en la primera posguerra. M�s all� de discusiones que no ayudan a entender lo que pas�, y que incurren en visiones morales est�riles, lo importante es profundizar en los estudios locales: pudo haber acciones de incontrolados, pero en trabajos como el de Fernando del Rey sobre Ciudad Real se ve clar�simamente una l�gica organizada y respaldada por autoridades que va directamente a localizar a los cabecillas del mundo conservador para acabar con ellos. La l�gica de exclusi�n que ya hab�a estado presente en la Rep�blica se vuelve sangrienta con la guerra.�C�mo queda Aza�a ante su actuaci�n?A m� Aza�a me parece un personaje idealizado por los historiadores seg�n lo que necesitaba el discurso p�blico espa�ol en la Transici�n. Como la izquierda obrera era indefendible –como se puede ver en Largo Caballero y en Prieto–, carecen de referentes para defender la historia de la democracia en Espa�a. Entonces tuvieron que acudir a la izquierda republicana, a Aza�a: una recuperaci�n condicionada por esa necesidad de encontrar referentes de una izquierda modernizadora, reformista, incluso algunos dir�an que liberal. Eso, a mi juicio, no se corresponde con la realidad. El liderazgo de Aza�a en la primavera del 36 es nefasto. Aza�a es uno de los grandes responsables de la quiebra de la democracia republicana.�Qu� no deber�a haber hecho?De ninguna manera ten�a que haberse aliado con una izquierda obrera abiertamente antidemocr�tica, partidaria de acabar con la propiedad privada y el pluralismo, contraria a la independencia judicial y que quer�a incluso juzgar y encarcelar a los l�deres conservadores y del centroderecha. Se deja hacer prisionero por una izquierda que quiere ganar unas elecciones para amnistiar a los presos de octubre del 34 –que fue una barbaridad–, dejando de lado a toda la Espa�a moderada, centrada y liberal con la que, si verdaderamente se es partidario de una rep�blica democr�tica y liberal, se puede negociar y hablar.�Pues menos mal que no hay paralelismos con lo de ahora!Hombre, quiz� el paralelismo no suficientemente resaltado es que la quiebra de los liderazgos pol�ticos s�lidos en la Espa�a del 36 es igual de preocupante que ahora. Lo que uno observa es la falta de liderazgos sobresalientes, capaces de tener un proyecto de pa�s, de arrastrar a los ciudadanos moderados y, sobre todo, de defender a muerte la convergencia de centros, sin la cual la democracia no puede funcionar. El ciudadano moderado, el que, como dir�amos siguiendo a Constant, quiere ejercer sus derechos pol�ticos pero no participar constantemente –el que quiere disfrutar de la verdadera libertad de los modernos: tener propiedad, prosperar, educar a sus hijos, disfrutar de su tiempo libre…–, tiene todas las de perder cuando no se defiende pol�ticamente esa convergencia.�La centralidad, digamos, es…?La centralidad es el espacio en el cual puedes ejercer el debate y tener diferencias incluso muy marcadas, pero sabiendo qu� l�neas rojas no se deben cruzar para no dejar de ver al otro como un adversario y empezar a verlo como un enemigo. Es lo que est� pasando con la ideolog�a de la memoria: fabrica enemigos en la actualidad con claves del pasado, y entonces ya no se ve en el otro a un ciudadano con el que se tiene diferencias, sino a alguien que no tiene derecho a gobernar. Eso no significa que tengamos que estar siempre de acuerdo, ni que tenga que haber consensos en todo, pero s� que tienes que preservar un espacio con el que proteger las instituciones. Y para proteger las instituciones de la competencia partidista se necesita la centralidad de los moderados.Nacido en Madrid en 1972, es catedr�tico de Historia del Pensamiento Pol�tico en la Universidad Rey Juan Carlos.Entre otros, ha escrito con Roberto Villa Garc�a 'El precio de la exclusi�n. La pol�tica durante la Segunda Rep�blica'. Tambi�n 'Fuego cruzado. La primavera de 1936'.