15 de julio, 2026 - 07h30Los antiguos griegos no vivían en un mundo pacífico. Su historia estaba marcada por guerras. Primero entre ellos, luego contra los persas, y luego entre ellos otra vez. Sus mitos comenzaban con un dios cortando los testículos de su padre y comiéndose vivos a sus propios hijos; siguen con la ira del héroe que arrastra el cuerpo del príncipe muerto; y, terminan con ciudades destruidas y genocidios. En la Grecia antigua la violencia estaba presente por todas partes y, sin embargo, fue esa civilización la que dio los primeros pasos para condenarla. La helenista Jacqueline de Romilly sostiene que el gran aporte moral de Grecia consistió en descubrir dos ideas capaces de contener la fuerza bruta: la justicia y la benignidad. La primera impone límites al poder y reemplaza la venganza por la aplicación de leyes. La segunda introduce la capacidad de tratar al enemigo con humanidad incluso cuando se tiene la posibilidad de imponerse sobre él. No es que los griegos no fueran violentos, es que son los primeros que se horrorizan por la violencia, la condenan y proponen formas de domesticarla.Al respecto basta recordar la Orestíada de Esquilo. La tragedia comienza con una interminable cadena de asesinatos familiares y concluye cuando Atenea persuade a las partes de abandonar la venganza privada y someterse al juicio de un tribunal. Es el tránsito de la fuerza al derecho. O, también, podemos pensar en la Ilíada de Homero. Se nos presenta la conversación entre Príamo y Aquiles, en la que el rey, viejo y vencido, le pide al temible guerrero que se acuerde de su propio padre y piense en lo terrible que es no poder enterrar al hijo muerto. Es el tránsito de la fuerza a la compasión. Nuestro Guayaquil parece recorrer el camino inverso. Está la violencia que ocupa los titulares: los sicariatos, las disputas entre bandas criminales, los cuerpos abandonados como mensajes de terror. Pero también hay otra violencia, menos espectacular y más generalizada: el conductor que acelera para impedir que uno cambie de carril, aunque la direccional lleve varios segundos encendida, mientras acompaña la maniobra con una referencia a la madre ajena; la vecina que, ante el pedido cortés para bajar el volumen de los últimos cañonazos bailables, responde a los gritos que hace lo que le da la gana y que, si quieres silencio, ándate a vivir a una casa en la montaña; el espectador que, en un concierto con asientos numerados, construye una torre de sillas para pararse en ella y, cuando alguien le pide con educación que se siente, lo manda al mástil del barco, como hacía el expresidente de las sabatinas.Nadie compararía un insulto con un asesinato por encargo, pero todas estas violencias pertenecen a la lógica de que la voluntad propia basta para imponerse, de resolver el desacuerdo a las bravas, del “a mí me respetas, carajo”.El desafío de Guayaquil es terminar con la violencia que aquí ha hecho hogar y doctrina. Orestes pide un juicio justo frente a la estatua de Apolo. Aquiles pide perdón a Príamo por sus excesos. Necesitamos un sistema judicial que funcione y necesitamos ciudadanos que sean compasivos. Hay que recuperar esta ciudad entregada a la crueldad y la barbarie. (O)
Óscar del Brutto Andrade: Grecia contra la violencia | Columnistas | Opinión
Necesitamos un sistema judicial que funcione y necesitamos ciudadanos que sean compasivos. Hay que recuperar esta ciudad...










