15 de julio, 2026 - 06h00El título es una frase que decía en el frente del Ministerio del Interior Sandinista. Una declaración desafiante, que me sorprendió leer en un edificio sobreviviente al terremoto de Managua. Hoy ese mismo régimen produce miedo. La alegría administrada por el poder, se convirtió en persecución. Yuval Harari insiste una y otra vez que la humanidad ha aprendido a acumular poder, pero no necesariamente a transformarlo en felicidad. Mientras Gobiernos parecen empeñados en resolver conflictos mediante guerras, millones de personas viven pendientes del Mundial de fútbol. Las guerras no admiten revanchas, los campeonatos sí. Las guerras acumulan víctimas, los torneos glorias. Y vimos la celebración vikinga de Noruega. La antigua energía tribal seguía allí. Ya no servía para aplastar enemigos, sino para abrazar compañeros: la fuerza seguía siendo la fuerza. Solo cambió el cauce. ¿Existirá un puente entre la guerra y el juego? ¿Habrá un hilo invisible que una ambos mundos? Quizás por eso me impresionan tanto los videos que circulan antes de los partidos decisivos. Los capitanes aparecen como antiguos comandantes conduciendo ejércitos hacia la conquista del castillo donde espera la copa. La música es épica. Los rostros desafiantes. Todo evoca una batalla. Pero el partido termina y los mismos guerreros lloran, abrazan a sus compañeros, cambian camisetas. Entonces comprendí algo que nunca había visto con tanta claridad. Durante milenios no solo las mujeres quedaron atrapadas en estereotipos. También los hombres fueron encerrados en una idea imposible de masculinidad. Siempre fuertes, siempre duros, siempre obligados a vencer, incapaces de mostrar fragilidad. No eran completamente libres, cumplían un papel. Llevaban una máscara que aún pesa sobre muchos de ellos. Unos hoy gobiernan naciones y aferrados a esa máscara resquebrajan democracias. ¿Y si una parte de nuestras violencias pudiera transformarse en juego? Porque jugar tiene reglas, tiene árbitros, tiene tiempos limitados, tiene revancha, celebración, compañerismo y muchas veces termina en abrazos. Quizás eso sea precisamente la civilización: el largo aprendizaje de cambiar las armas por reglas. La humanidad no ha eliminado la violencia. Primero lo hicimos con piedras, luego con lanzas, con duelos, con ejércitos, con bombas y ahora con drones. Pero al mismo tiempo hemos ido inventando otras maneras de confrontarnos: elecciones, deportes, debates, teatro, concursos. No siempre funcionan, Pero existe una dirección. No intentamos borrar la fuerza, sino transformarla. La fuerza no es el problema, es en qué la convertimos: ¿en ejército, en tortura, en muros? ¿O en equipo, en orquesta, en escenario, en competencia limpia? Tal vez la tarea de la civilización consista en transformar la fuerza en creación: la fuerza siempre seguirá existiendo. La pregunta será hacia dónde la dirigimos. Comprendí, con los años, aquella frase escrita en un ministerio de Managua: ningún poder puede declararse centinela de la alegría del pueblo. La alegría no se administra, nace cuando la fuerza deja de destruir y aprende a crear. (O)
Nelsa Curbelo: Centinela de la alegría del pueblo | Columnistas | Opinión
La alegría no se administra, nace cuando la fuerza deja de destruir y aprende a crear.








