La ciudad bosteza lentamente. El país se detiene por unas horas. Otro feriado hace que unos salgan a la carretera buscando playas, montaña o familia; otros simplemente agradecen no escuchar el despertador. Descanso, asueto, calma. Y para otros, horas de trabajo intenso, con la esperanza de asegurar lo necesario por unos días o por unos meses. El feriado nos desaloja de las rutinas, nos presenta diferentes posibilidades. Y en medio de tanto movimiento –o de su ausencia– aparece una pregunta: ¿qué hacemos con nosotros mismos cuando los ruidos cambian?Hay ruidos que aturden y otros que protegen. Hay personas que solo consiguen quedarse a solas cuando el estruendo las aísla del mundo. Como escuchar un latir de tambores que nos devuelve al sonido del corazón de la madre en el vientre materno. Y también hay silencios sonoros, llenos de una presencia imposible de explicar. El verdadero descanso no ocurre afuera sino adentro. Cuando cambia la rutina, el paisaje interior cambia, aunque no cambiemos de lugar.A veces cambia porque al fin vemos lo que siempre estuvo allí: la misma calle, el mismo árbol, la misma ventana, las mismas personas. Pero otra luz, otra herida, otra mirada. Tal vez vivir sea eso: aprender a descubrir. Descubrir que nuestra fragilidad contiene una forma secreta de grandeza. Amar es asombrarse.Ningún ser humano es igual de un día para otro. Cambia la experiencia, cambia la luz, cambia la estación, cambia el entorno, cambia el dolor. Cambian los compañeros de viaje.Vivir es aceptar el asombro, la soledad más intensa y la compañía más profunda; el dolor que despelleja y la felicidad que puede romper el vaso que la contiene. Aceptar que ignoramos casi todo y, aun así, seguimos admirando. Aceptar a Dios en nosotros, y a nosotros habitando en Dios. Aceptar finalmente la hermosa, inmensa, misteriosa y demandante tarea de estar vivos. Porque también un país es eso: una respiración compartida. No solamente sus Gobiernos, sus cifras o sus discursos. Un país son las personas que madrugan mientras otras duermen; la madre que espera una llamada, el joven que quiere irse y el que aún insiste en quedarse; el empresario que insiste, el campesino que permanece en su tierra, el médico que sana, el artista que descubre sentidos, el miedo que se instala en las conversaciones y también la extraña esperanza que se niega a desaparecer.A veces pareciera que vivimos rodeados de ruido: violencia, cansancio, propaganda, desesperanza. Pero, incluso en medio de todo eso, algo sigue latiendo. Una necesidad profunda de encuentro, de dignidad, de sentido.Tal vez por eso nos duele tanto el país. Porque, aunque reneguemos de él, seguimos buscándonos dentro suyo. Oír el latido, la pulsación de la vida, en nosotros, en lo que nos rodea, en el país que habitamos individual y colectivamente.Más allá y más adentro de los informes y rendiciones de cuentas que esquivan fracasos, ocultan errores, incompetencias y delitos, aún somos capaces de asombrarnos del país que nos duele y que amamos.Un país que busca el latido que lo une. Donde aún late algo común entre nosotros: un pulso antiguo, frágil, humano. (O)
Nelsa Curbelo: El latido | Columnistas | Opinión
Un país que busca el latido que lo une. Donde aún late algo común entre nosotros: un pulso antiguo, frágil, humano.










