NoticiaCarolina Hoyos, presidenta de la Fundación Solidaridad por Colombia, reflexiona, a propósito de su libro La felicidad imperfecta.María Carolina Hoyos está hoy al frente de la Fundación Solidaridad por Colombia. Foto: Mauricio Moreno - EL TIEMPO Foto: MAURICIO MORENO01.06.2026 22:01 Actualizado: 01.06.2026 22:01

Hay personas que llevan años funcionando emocionalmente agotadas. Se levantan temprano, trabajan, lideran equipos, cuidan hijos, toman decisiones importantes, sonríen y cumplen con todo lo que el mundo espera de ellas. Desde afuera parecen fuertes, exitosas y estables. Sin embargo, por dentro viven atrapadas en niveles profundos de ansiedad, agotamiento, miedo o tristeza que muchas veces ni siquiera saben nombrar, ese vacío que sienten por dentro.Creo que ese es uno de los grandes problemas de nuestra época: aprendimos a sobrevivir, pero no necesariamente a vivir.Nos acostumbramos a llenar silencios con productividad. A seguir adelante sin detenernos a entender qué nos estaba pasando por dentro. A creer que reconocer fragilidad era una forma de debilidad. Muchas personas ya no saben cómo sentirse mal sin sentirse culpables por ello.Durante años pensé que la resiliencia consistía en resistir. En seguir funcionando y no quebrarse frente al mundo. Como muchas personas, confundí resiliencia con aguante.Hoy creo algo completamente distinto.Precisamente de esa reflexión nació Felicidad imperfecta, mi segundo libro. No como una invitación al optimismo fácil ni como una fórmula para “superar” la vida, sino como una reflexión profundamente humana sobre cómo sostenerse cuando la vida deja de tener respuestas perfectas.Carolina Hoyos también ha convertido sus experiencias en libros. Foto:Archivo personaMi búsqueda alrededor de estos temas comenzó hace muchos años. De hecho, mi primer libro, Desde el fondo del mar, publicado en 2019, ya hablaba sobre resiliencia, propósito y reconstrucción interior. Desde entonces me obsesionaba entender por qué algunas personas logran reconstruirse después de crisis profundas mientras otras quedan atrapadas emocionalmente dentro de ellas durante años.En el fondo, quería comprender el poder de la mente humana.He leído durante años investigaciones sobre ansiedad, neurociencia y pensamiento anticipatorio. La neurociencia moderna ha demostrado que el cerebro humano tiene un sesgo natural hacia la amenaza y la supervivencia. Muchos expertos coinciden además en que una enorme cantidad de las preocupaciones, cerca del 85 por ciento, que habitan nuestra mente nunca llegan realmente a suceder. Sin embargo, vivimos presos de pensamientos catastróficos, narrativas internas destructivas y diálogos mentales que lentamente erosionan nuestra capacidad de vivir en paz.Habitamos tanto nuestra mente que dejamos de habitar el presente.Por eso empecé a preguntarme: ¿qué ocurriría si aprendiéramos a observar nuestros pensamientos en lugar de obedecerlos automáticamente? ¿Qué cambiaría si dejáramos de alimentar mentalmente el miedo, la culpa, la comparación o la angustia como si fueran identidades permanentes?En mi libro hablo también de algo que llamo el modelo de las 3P: pensamiento, propósito y práctica. El pensamiento define la narrativa desde la cual habitamos la vida. El propósito nos da sentido cuando emocionalmente sentimos que perdimos el rumbo. Y la práctica convierte la conciencia en transformación real, porque entender algo no necesariamente cambia nuestra vida; practicarlo sí. Con los años entendí que muchas personas saben intelectualmente lo que deberían hacer para estar mejor, pero no logran sostenerlo emocionalmente en el tiempo.Campaña de María Carolina Hoyos Turbay. Foto: Solidaridad por Colombia Foto:Solidaridad por ColombiaDurante años trabajé además con víctimas de la violencia y acompañé procesos humanos profundamente duros. Escuché historias de personas que lo habían perdido todo y aun así conservaban intacta su dignidad. Ahí entendí algo que terminó transformando mi vida: el sufrimiento no destruye únicamente por lo que duele, sino por la ausencia de sentido. Viktor Frankl, sobreviviente de los campos de concentración, decía que quien tiene un “para qué” puede soportar casi cualquier “cómo”. Con los años entendí que el propósito no elimina el dolor, pero sí evita que el dolor nos destruya completamente.Mientras escribía muchas páginas de este libro de madrugada, entre vuelos, reuniones y silencios, pensaba honestamente que entendía el dolor.Hasta que el dolor dejó de ser teoría.El asesinato de mi hermano menor, Miguel Uribe Turbay, y la partida casi simultánea de mi abuela Nydia Quintero, mi heroína y mi gran referente de vida, cambiaron profundamente mi manera de comprender la existencia. Entendí algo brutal: escribir sobre el dolor no es lo mismo que atravesarlo. Nada prepara realmente a una familia para una tragedia que rompe la estructura emocional de quienes aman profundamente.Hay una parte de Felicidad imperfecta donde escribo:“Pensé que después de tantas pérdidas ya conocía el dolor. Pero existen dolores que no llegan como una herida: llegan como un derrumbe. Dolores que no rompen un pedazo de la vida, sino la estructura completa desde donde uno entendía el mundo. Y aun así, al día siguiente, la vida sigue pidiendo respuestas, decisiones, fuerza y sonrisas”.Más adelante escribo también sobre el último adiós a mi madre y años después el de mi hermano. Recuerdo haber sentido que el dolor era distinto, pero yo también era distinta. El primer dolor me destruyó. El segundo me encontró con más conciencia, más estructura interior y una comprensión mucho más profunda de la fragilidad humana. Ahí entendí realmente lo que significa la resiliencia acumulada: las heridas no desaparecen, pero el alma humana puede desarrollar nuevas formas de sostenerse después de haber sido profundamente golpeada por la vida.Ese concepto se convirtió en uno de los pilares centrales de mi libro y de lo que llamo ‘El mapa secreto de la vida’: la capacidad de transformar las heridas en conciencia y aprendizaje, no negándolas ni disfrazándolas, sino integrándolas y aprendiendo de cada caída. Comprendí que la verdadera resiliencia no consiste en volver a ser quien uno era antes del dolor, sino en construir una nueva estructura interior después de él, con mayor profundidad, claridad y conciencia para vivir.Así nació también una reflexión profunda sobre la templanza. Durante años confundimos templanza con dureza emocional. Hoy creo que la templanza es otra cosa: la capacidad de sostenerse incluso cuando por dentro uno siente que no puede más. Hay momentos donde las personas ya no avanzan por fuerza emocional, sino por sentido. El propósito sostiene cuando las emociones colapsan.Quizá por eso Felicidad imperfecta, a tan pocos días de haber sido lanzado en la Feria del Libro de Bogotá, ya va por su segunda edición. Porque no fue escrito para vidas perfectas. Fue escrito para personas reales. Para quienes no tienen todas las respuestas. Para quienes están cansados de aparentar fortaleza todo el tiempo. Para quienes intentan reconstruirse mientras todavía están entendiendo qué fue exactamente lo que se rompió dentro de ellos.Vivimos además en una cultura obsesionada con mostrar éxito, control y felicidad permanente. Las redes sociales terminaron convirtiendo la perfección en una especie de actuación colectiva. Pareciera que todos tuviéramos que demostrar que estamos bien, que somos exitosos y que sanamos rápido. Pero la vida real no funciona así. La fragilidad humana existe. El miedo existe. El duelo existe.El problema es que aquello que no se procesa no desaparece.Lo que no sanamos termina gobernándonos.Gobierna nuestras relaciones, nuestra manera de amar, nuestra forma de reaccionar y hasta nuestra forma de liderar. Con el tiempo entendí que esto no ocurre solamente en las personas. También ocurre en las organizaciones.Las empresas también acumulan heridas invisibles: culturas de miedo, silencios organizacionales, liderazgos emocionalmente agotados y crisis mal gestionadas que lentamente erosionan la confianza colectiva. Durante años acompañando procesos de transformación empresarial descubrí que muchas organizaciones se fracturan emocionalmente mucho antes de quebrarse financieramente.Precisamente de esa reflexión nació ‘El mapa secreto corporativo’, una metodología basada en una idea simple pero profundamente transformadora: las personas y las empresas no sobreviven solamente con motivación. Necesitan propósito, coherencia, vínculos, sentido y una estructura interior capaz de sostenerlas cuando todo cambia.Tal vez por eso hoy ya no creo en la idea de la felicidad perfecta.Creo en algo mucho más humano, más consciente y más real.Creo que la felicidad no consiste en tener una vida intacta, sino en desarrollar la capacidad de construir sentido incluso en medio de la imperfección.La felicidad imperfecta comienza cuando dejamos de aplazar la vida esperando el momento perfecto para sentirnos completos.Quizá esa sea la forma más profunda de resiliencia. Sigue toda la información de Cultura en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.