Conocido por los boomers aficionados a la gastronomía, el cocinero Jordi Parramon (Manlleu, 1967) fue una de las grandes promesas de la alta cocina catalana y obtuvo una estrella Michelin al poco de abrir en Vic su primer restaurante, al que le puso su nombre. Para sorpresa y decepción de quienes auguraban más estrellas y muchos otros reconocimientos a aquella cocina inteligente y sabrosa, decidió cerrar y pasar desapercibido.
En el nuevo episodio del podcast 'Quédate a comer' este cocinero que desde hace años se dedica a asesorar a otros colegas y no descarta volver a regentar un restaurante con su propia carta, desmonta ese tópico que asocia los cierres de restaurantes laureados con el estrés de la alta cocina y la presión de las guías, y sobre todo a quienes se atreven a elucubrar sobre suicidios debidos a esa presión.
Nos cuenta que él abrió con quien entonces era su pareja y que, tras separarse, el proyecto perdía todo el sentido. “Sin ella el restaurante nunca hubiera existido, y por eso cerramos. Todos sabemos que al lado de los grandes chefs que dan la cara siempre hay alguien importante . Y esto era así, por eso no tenía ningún sentido continuar. Cerrar era como hacerle un homenaje a la persona gracias a la cual yo había podido llegar hasta ahí y luego continuar. Porque yo he continuado”.






