¡Qué 14 de julio, qué Campos Elíseos! Esto sí que es un verdadero desfile olímpico como los de antes, en imitación a las paradas militares, y tan aburridos, tan absurdas filas prietas, marciales, pasos de la oca prusianos trazados con escuadra y cartabón, y las banderas al viento de media Europa, y qué uniformes, líderes y gregarios, botines aerodinámicos y sables biselados, finos como el cuadro de carbono de la Colnago de Del Toro. Una serpiente multicolor ideal, pompones y medallas. Macron sin Ray-Ban, Zelenski en lágrimas y en la montaña, los padres de Pogacar esperando a su hijo que anuncia venganza en una caravana marcada Pogi Team en la falda de un volcán. Antes de los fuegos artificiales, el Tour se cruza con la Bastilla y del apareamiento nace una etapa que quita el hipo, alimenta el gusto por el heroísmo solitario de Javier Romo, siembra la desolación en la mayoría, aviva la rebeldía de Richard Carapaz, uno que fue campeón olímpico y es un gran ciclista siempre, despierta unos segundos la locura dormida del genial niño Seixas, y calma la sed de Tadej Pogacar, acalorado y vengador. Y abucheado por parte del público tan francés que tomó las cunetas el día de fiesta. Es el sino de los campeones: el público siempre se pone del lado de los rebeldes que pelean contra más grandes que ellos y pierden, ama a Poulidor y desprecia a Anquetil, que se compró un barco después de ganar cinco Tours y lo bautizó Pitos. “No entiendo mucho los abucheos en ciclismo, porque en realidad abuchean a todo el pelotón”, dice el líder soberano de los tres últimos Tours, 3m 36s sobre Vingegaard ya en apenas 10 etapas. “Pero siempre habrá haters, y cuando los oigo siempre pienso en el tenis, en Novak Djokovic, en qué mentalidad tan increíble tiene. Ha tenido una de las carreras más duras en este sentido, en cuanto a abucheos y odio innecesario, porque es el mejor. Y sí, siempre miro hacia arriba cuando alguien abuchea; miro a Novak Djokovic y pienso en él”.Patrón testarudo, maestro implacable, capaz de sacrificar a todo su equipo para satisfacer su capricho. Una etapa de media montaña se hace etapa reina por solo necesidad de su voluntad, por borrar la derrota que en una etapa igual le infligió Vingegaard herido hace dos años. Una mancha en su orgullo, que es su alma. Y una herida más en el caparazón sentimental del danés que, incapaz de competir ya con el esloveno con el que compartió sus mejores Tours, debe defenderse ahora de los jóvenes que le rodean, y le atacan sin piedad: Remco, Seixas, Ayuso.Cantal rural ardiente como la fe de Romo. En Carlat, pueblo de rocas y ruinas medievales, recuerdan que están hermanados con Bruni, aldea italiana del Mondoví, y por la radio los del Lotto resignados alientan a sus ciclistas desheredados: Pogacar querrá ganar, como siempre, pero eso no afecta a nuestros planes; a por la fuga muchachos, a darlo todo. 31 en fuga, UAE persigue. Corredores muertos se lanzan a muerte. Más de 50 por hora en la primera hora. Después sucumben a su propia locura, y la fe abrasadora de Romo, crucifijo de oro y medallas de vírgenes bailando en su cuello desnudo, último versículo de la Biblia leído en su cabeza, que se va con Tejada bajando Pailherols.Romain Grégoire, el campeón de Francia, estrena un nuevo maillot tricolor, azul, blanco, rojo, vivo estandarte del 14 de julio. Los colores, la fecha, qué moral. La fe le dura lo que tarda el viento en el desolador páramo de Prat de Bouc, solo las vacas disfrutan. Luego descubre que las palabras de superviviente del calor y la deshidratación, del Tour más duro que se recuerda, que articuló la víspera siguen siendo verdad: “Nos hacemos más daño que otra cosa, estamos al margen de la sociedad, esto no es sano”. Y se abandona como la mayoría del pelotón. Col de la Griffoul. 75 kilómetros para la meta. Solo en cabeza, Javier Romo. El último de los 31. Pequeñas tormentas en vasos de agua, esperando la erupción y el boom de los grandes. La vieja estampa española, Pérez Francés, Viejo, Romo… Toledano nacido el Día de Reyes de 1999 en Villafranca de los Caballeros. Ama la soledad de sus tiempos de triatleta. Llegó al pelotón con la pandemia, ya talludo, sin los reflejos para ir en grupo que se crean de juvenil, y a los dos meses de tener licencia ganó el campeonato de España amateur con una larguísima fuga. Siempre solo con sus pensamientos y sueños.Quedan 50 kilómetros. Lo más duro. El volcán Puy Mary por el Pas de Peyrol, el col de Pertus, una pared despiadada en la que Vingegaard alcanzó entonces a Pogacar, la subida final al Lioran. Mantiene un minuto. Detrás, los UAE, ondas de Rossby que mecen a todo el pelotón, el océano a su ritmo, persiguen a zarpazos de Wellens. Es un duelo titánico que Romo asume voluntariamente y mantiene durante 37 kilómetros, un mundo. Es su ser. Es su día. En el pelotón no resisten más de 50 a rueda del equipo de Pogacar. El día de descanso no devolvió las fuerzas a la mayoría, que ya pide que esto acabe. Al pie del volcán Puy Mary, Romo se sumerge en el pelotón. Levanta el pie. Reventado. Carapaz luego. ¡Y Seixas! ¡Viva la República! Pura exaltación y deseo. Unos metros en cabeza. Arriba los corazones de Francia. Pogacar se reserva para el Pertus (4,4 kilómetros al 8,5%), que inicia con un minuto de retraso sobre Carapaz y donde, acabado su equipo, Piganzoli marca el ritmo para Vingegaard. Los líderes de antaño están solos. Es el momento. Boom. 16 kilómetros para la meta. Dos para la cima del Pertus vertical, tan cerca del Plomb del Cantal, el volcán que todo lo ve. A rueda de Vingegaard, Pogacar acelera tan rápido que el danés, por primera vez en su vida, se rinde antes siquiera de intentar perseguirle. En 600 metros, el esloveno deja en cero los 45s de ventaja de Carapaz. Ya cabalga solo. Ya es el niño feliz de nuevo. “Tengo que disfrutar todo lo que pueda, porque no sé cuánto va a durar esto”, dice. Tiene su juguete favorito, que es un maillot amarillo. Logra ganar donde antes había perdido, y tantas ganas tiene que en los últimos metros mira para atrás una y otra vez, como temiendo ser alcanzado por la sombra del pasado. “Estrenábamos radios y no oía nada. Tenía un poco de duda en la cabeza, ya que hace dos años llegó Jonas y entonces me quedé sin fuerzas para el sprint. Así que también tenía eso en la cabeza hasta los últimos cientos de metros”. Su tercera victoria en el Tour en el que maneja con más firmeza que nunca todos los resortes, y hasta el calor que desespera a todos a él le exalta.Al Tour le quedan 11 etapas. A Pogacar, pocos deseos más que cumplir. A Ayuso, que recupera el maillot blanco tras la crisis de Del Toro, la lucha de igual a igual por el podio con Vingegaard, que cede más al final, Remco, Seixas y Lipowitz. Los hermanos pequeños ven acercarse su hora.