Son la sal de la tierra, el espíritu que da vida al pelotón del Tour atormentado y espectacular. Carapaz y Healy, que, condenados a la derrota y precedidos por los truenos de las tormentas y los rayos que rasgan las nubes negras sobre los Vosgos, abren camino en el Grand Ballon, en el col del Paje, en el Ballon de Alsacia. Con ellos, los Johannessen del Uno-X, hijos de la preparación mágica de Olav Bu, que les recuerda que el peso no es tan importante, Einer Rubio, fortalecido por el aire de los Andes, y Paret-Peintre, su sueño de lunares en su cuerpecillo de alpinista. O Mads Pedersen, que no se libera de la etapa como los demás sprinters una vez disputados los puntos para el maillot verde que le tiñe todos los días, sino que persiste y le lleva agua y hielos a su Ayuso de blanco aún, y le guía en el descenso peligroso y empapado del Paje, donde la prudencia de Vingegaard deja solos delante a los UAE y los Red Bull. Y Pogacar, que azuza a sus hombres, a Vermeersch, Politt, Grossschartner, Wellens, les persigue y les adelanta, y da sentido a sus sacrificios, peleas y tormentos. Nadie se mueve antes que él. Nadie se mueve. Juega teatral. Finge. Sin gafas. Mira atrás a Del Toro, que no llega. Habla por la radio. Guiña los ojos para ver los números de su ordenador como si no creyera los vatios que marca. Se abalanza a por una botella de agua que le tiende un asistente en la cuneta y se riega ansioso el torso y las piernas brillantes, duras. Está solo, sin equipo, rodeado de ciclistas que esperan. Parece que sufre, mirada vacía. Engaña a todos. Carapaz resiste delante con un minuto de ventaja. A Seixas, a Vingegaard se les abre el apetito. Creen que podrán ganar la etapa. Tocarle la moral inquebrantable al esloveno. A por el ecuatoriano que se siente en sus montañas del Carchi, tanto verde a su alrededor, aceleran los Decathlon de Seixas, joven y ambicioso, y el Visma hace trabajar a Kuss. Y cuando lo deja el lugarteniente de su mejor rival, Pogacar invita a Vingegaard a seguir tirando. Sabe que el danés nunca ha ascendido esa carreterita que a él le fascinó en mayo bajo la bruma. Le deja hacer, y, a falta de dos kilómetros para la cima, cuando Carapaz ya ha caído, él le guiña un ojo al búho Hibou carcomido en su espera eterna en su curva tan cerrada al 16% a mitad de camino del carril bici que atraviesa vertical las montañas redondas entre la floresta hacia sus crestas, y lo bautiza con su nombre, con su gesta, el Haag de Pogacar. Parece que sonríe. “No, no sonrío”, aclara. “Es el rictus de mi rostro, mis dientes, mi boca, cuando sufro y vuelo. Si sufro porque no puedo más, es otra cara...”.Después de coronarlo solo, los seis kilómetros suaves hasta la meta son un paseo triunfal para el esloveno, que tiene tiempo para ponerse las gafas y pensar en cómo exteriorizar su felicidad, su orgasmo, y lo hace con el gesto de Cristiano tras marcar un gol. Se bebe de un trago un litro de jugo de remolacha y, cuando llegan sus rivales, le da dos palmadas en la espalda a Seixas. Tú eres mi hijo amado, podría añadir. Pero con el gesto vale. Es el elegido. “Protegedle y un día brillará más que ninguno”, dice a la prensa. Después, más emocionado que nunca, se acuerda de su Urska, con la que habló por la mañana y ya el día le pareció perfecto, y exclama, “qué hermosura de día, que bello es el ciclismo, el público, las montañas…”. Y, en su cuarta victoria de etapa este Tour, el drama que le faltó a la etapa del Tourmalet, y emociona siempre.El tótem que les domina y tortura con una sonrisa, ligero, espontáneo, libre como un madrigal de Flecha el joven sobre los pedales. La montaña que a todos fascina, los bosques que ocultan los miedos, un escenario, y sus laderas suaves, un anfiteatro como aquellos en los que los griegos, y todos después, aprendieron la vida a través de las tragedias como ahora la enseñan las grandes etapas del Tour. El deseo del mejor de ser mejor aún, de seguir creciendo y ganando, y trascendiendo su deporte, como desea Mondo Duplantis saltar cada día más alto, Jordan quería encestar más aún, más slams Nadal, más rápido Bolt. Es su sangre. En su nariz, un detalle humano, una tirita que en teoría ensancha la válvula nasal y, si las leyes físicas de los fluidos viscosos no mienten, aumenta el flujo de aire que llega a sus pulmones, ya prodigiosos sin necesidad del placebo que hace sentirse más fuertes a los demás, a los humanos. Y los fisiólogos que todo lo miden y todo lo saben, y encuentran razones para cualquier gesto de un deportista, se rascan la cabeza y dimiten de intentar entender el organismo del esloveno Los cálculos son tan disparatados —algunos le estiman un VO2max cercano a 100 ml/kg/segundo, cuando ya hace años se consideraban extraordinarios los 88ml de Indurain, el organismo más prodigioso tantos años, o los 90ml de Klaebo, el esquiador de fondo imbatible—, que piensan que los instrumentos funcionan mal.Atrás quedan el viejo Vingegaard y los jóvenes, que se pelean entre ellos por una herencia futura. Se vigilan las ruedas, los gestos, se miran las venas en el cuello, los detalles. En la meta, esperan multitudes empapadas que anticipan su llegada con tam-tam presurosos, percusión sobre los carteles de contrachapado enganchados a las vallas. Y los gritos de histeria alegre por la llegada de Seixas, que ha alcanzado y superado a Vingegaard, y esprinta con Del Toro, resucitado, por la bonificación que le dará el maillot blanco, la marca del elegido que ha perdido por solo tres segundos Juan Ayuso.El español es uno más en la pelea que proseguirá este domingo camino del Plateau de Solaison, la subida más dura de todo el Tour (915 puntos en la tabla que se consigue multiplicando por la longitud el cuadrado de su pendiente media) entre el Jura y ya los Alpes de la Saboya fronteriza con Suiza y sus lagos. Antes, la terrible subida de Le Salève (4,7 kilómetros al 11,2%). Un final que le gustaría y espantaría a Lucien van Impe, el escaladorcito belga que se hizo ciclista porque quería ser como Bahamontes, y volar en el Galibier bailando sobre los pedales, de pie sobre la bicicleta. Ganó seis maillots de rey de la montaña, y el Tour hace 50 años. Pogacar no sabe quién es, su mundo es otro. Es su duelo con Vingegaard que quiere infinito. “Cuando tiraba en el Haag sus números eran increíbles, pero creo que con respecto a otros años le falta algo, quizás punch, cambio”, analiza, un elogio escondido de la juventud y el brillo, una forma de decir que Vingegaard envejece. “Pero en puertos largos, como este domingo, o en Alpe d’Huez, estará muy fuerte”.Clasificación GeneralposciclistaEquipoTiempo1Tadej PogacarUAD 4h:00:07 2Isaac del ToroUAD +00:38 3Paul SeixasDCD +00:38 4Jonas VingegaardTVL +00:44 5Remco EvenepoelRBH +00:48 6Juan AyusoLTK +00:50 7Florian LipowitzRBH +00:50 8Richard CarapazEFE +01:18 9Tobias JohannessenUXM +01:40 10Mattias SkjelmoseLTK +01:40 posciclistaEquipoTiempo1Tadej PogacarUAD 51h:18:28 2Jonas VingegaardTVL +04:30 3Remco EvenepoelRBH +05:04 4Paul SeixasDCD +05:19 5Juan AyusoLTK +05:22 6Florian LipowitzRBH +05:44 7Isaac del ToroUAD +05:50 8Mattias SkjelmoseLTK +07:35 9Tom PidcockPQT +07:59 10Lenny MartinezTBV +08:25 Ver clasificación completa Etapas
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