¿Qué hacer con Pogacar tan pichi en su maillot arcoíris reluciente entre campos de maíz y pastos, silbando sobre su bici con manillar de mariposa? ¿Admirarle? ¿Silbarle? ¿Insultarle porque al sexto día ha matado la emoción del Tour, la ilusión de una pelea de igual a igual, la esperanza de grandes campeones reducidos a la nada, Vingegaard, orgulloso, Seixas joven, Ayuso creciendo, Remco soberbio, Del Toro fulgurante? ¿O venerarle por convertir una etapa pensada como un aperitivo de las grandes montañas del futuro en el escenario de una de las más grandes exhibiciones que el Tour haya conocido en las 112 ediciones ya disputadas, por convertir a la afición de las cunetas, ante la tele, en testigos privilegiados de lo nunca visto? Quedémonos con la impaciencia juvenil con la que Pogacar se levantó --“a las siete de la mañana, no aguantaba más en la cama--”, y el espíritu de grupo de aventureros en vacaciones, sus compañeros del UAE, con los que´como quien juega, estableció el plan de la etapa que se convirtió en una de las más grandes jamás disputadas. La inconsciencia, hija de la euforia colectiva, del hype de sudores y gruñidos compartidos en un autobúes, siempre es la mejor consejera para el esloveno, el único camino hacia la grandeza. “¿Qué es lo peor que nos podría haber pasado, que explotáramos también nosotros?“, dice en alto en la sala de prensa. ”¿Y qué?, seguiría delante en la general”.Quedémonos boquiabiertos, bailemos felices con las charangas de los pueblos, brindemos por la emoción de lo extraordinario. De lo irrepetible. La elegancia de Anquetil, la paciencia de Indurain, la tenacidad de Hinault, todos los campeones empequeñecen ante lo ocurrido en los últimos 10 minutos de ascensión del Tourmalet. Hasta las historias que cuentan de Eddy Merckx, caníbal de lo inútil, se quedan en nada. Solo quizás, Fausto Coppi, un uomo solo al commando, aguantaría el codo a codo con el esloveno que a los 27 años avanza sin rival hacia su quinto Tour. Del Toro aceleró. Pogacar se levantó del sillín y el Tour hizo ¡boom! This is the end, my friends, dicen los viejos en la sala de prensa, tantas veces en su cabeza repetida la voz de Jim Morrison. Game over, repiten los jóvenes del pinball y los juegos vídeo. Ite, missa est, canta el cura, podéis ir en paz. A la etapa le quedaban aún 43 kilómetros. Los cuatro últimos de ascensión al Tourmalet, 20 de descenso, otros 20 de suave ascenso hasta las fuentes del Gavarnie. Exhibición de Pogacar. Heroísmo de los derrotados. Grandeza de Jonas Vinegagard, quien, como hizo en Morzine hace cuatro años, no salta inmediatamente a la rueda del atacante, sino que pretende alcanzarle poco a poco para neutralizarle. Le tiene a la vista entre las curvas de La Mongie, lo más duro, unos centenares de metros. Ocho, nueve segundos… Pero poco después, Pogacar desaparece, se aleja. Pese a ello, Vingegaard se niega a levantar el pie y dejarse alcanzar por el tercer grupo, el de los hermanos pequeños de su generación que tendrán que esperar un año más para gritar victoria: Ayuso, Seixas, Lipowitz, Evenepoel, Del Toro, dinamitero y resistente… Todos lucharán por un puesto en un podio ante un poder establecido, una jerarquía inamovible desde hace cinco años. Pogacar desciende prudente, recuerda su sufrimiento con la muñeca rota detrás de Vingegaard en las mismas curvas y virajes en el Tour del 23, y cómo el danés intentó forzarle a arriesgar. Pero más lento desciende aún Vingegaard, un reloj de arena granito a granito acumulando segundos en cada curva, en cada volver a empezar. “Le obligué a salir de su zona de confort. Iba ya cansado de la ascensión y no descendió cómodo”, dice Pogacar. “Yo también habría muerto si la ascensión es un kilómetro más larga”. La distancia en Gavarnie. 2m 38s, es la más grande que ha habido nunca entre ambos, tantas veces primero y segundo en tantas etapas. El mejor Vingegaard estás más lejos que nunca del mejor Pogacar.Solo Macron, desembarcado en helicóptero para seguir la etapa en el coche rojo del director del Tour, Christian Prudhomme, aguanta su ritmo.Bien pueden criticar al danés, de 29 años –dos Tours ganados por delante de Pogacar; tres veces segundo por detrás del esloveno— aquellos que reducen el ciclismo a cálculo, contabilidad, inteligencia sin vida. Bien inútil pueden considerar los que ven el ciclismo, y la vida, a través de hojas de Excel, la peregrinación a solas de Vingegaard, que alcanzó la cima del Tourmalet a 31s del esloveno y con 54s de ventaja sobre los jovencitos. Más sabio habría sido dejarse alcanzar, y también iba su compañero Kuss con los chavales, y unirse en relevos en persecución durante los 20 kilómetros de ligera ascensión hasta Gavarnie, donde tanto se ahorra yendo a rueda. Más sabio, pero menos grande. Habría sido una traición a su espíritu. La soledad es la grandeza del derrotado. Una falta de respeto a Pogacar, cuya hazaña engrandece la resistencia de su mejor rival en el cuerpo a cuerpo.Todas las esperanzas están permitidas, todos los sueños son posibles llegando a La Mongie, los paraavalanchas que regalan sombra, qué ilusión de frescor, y la memoria del último ataque inútil de Poulidor a Merckx; todos los temores, las torres feas de la estación de esquí desdibujadas en la distancia por la bruma que levanta el calor, como las cimas de las montañas secas, refulgentes de sol, y hay que entrecerrar los ojos para no quedarse ciego. Quedan apenas cinco kilómetros para acabar con las carreteras del padre Tourmalet, un horno en el que diabólicos, los ciclistas del UAE, por turnos, han alimentado las calderas con carbón de hulla, es la guerra. El infierno. Wellens, Grossschartner, McNulty, Yates… Les siguen, cuerda de penitentes, supervivientes, algunos de los mejores ciclistas del mundo, campeones reducidos a figuras suplicantes, lenguas fuera, ¡que acabe el tormento! Son 40 en el Aspin, donde la apisonadora UAE comienza a aplanar al pelotón; una docena apenas aguanta, corredores admirables, como Ayuso, como Remco, como Seixas, los llamados a hacer tambalearse el reino del esloveno y el danés. Frustrados los sueños urgentes, el grupo se convierte en una balsa de náufragos, obligados a colaborar.Prudhomme, optimista, diseñó una carrera con un paso mínimo por los Pirineos para evitar, dijo, que la carrera se acabara nada más empezar. Pogacar, un destructor, tenía otras ideas, más brutas, desoladoras para los aficionados. En ninguno de los seis Tours que había disputado había coronado el primero el Tourmalet, la subida en la que comenzó a dibujarse la leyenda del Tour hace 116 años, y la última vez que lo había ascendido, entre una niebla cerrada, fría, irónica, ganado despistado en medio de la carretera, le atacó una visión, una iluminación, un miedo. ¿Dónde estoy? ¿Qué hago? Que acabe el Tour. Encuentra su ser camino del Monte Perdido, la ladera norte, aún restos de glaciares pese al cambio climático, y el circo de Gavarnie, cascadas de hielo aún, que en invierno escalan alpinistas con alma. En esa ruta hacia los hielos de Gavarnie, acabadas las comparaciones con los más grandes de la historia, Pogacar, su sonrisa, pese a la cara de malo que quiere poner como Eminem, su amistad de jóvenes de vacaciones con Del Toro, trasciende en cierta manera las fronteras del ciclismo y llama a otros mitos para tutearlos. Su director le compara con Michael Jordan, pero él pasa, piensa en otros para sumarse a su mito. “No lo conocí. No lo vi jugar nunca”, dice. “Quizás la figura que más me marcó fue Usain Bolt. Fue el número uno y era genial ver su mentalidad; o ahora, en los últimos años, la mentalidad de Djokovic en el tenis: eso es simplemente otro nivel. Siempre hay momentos en las carreras de otros deportistas en los que actúan como líderes o mentores para los jóvenes héroes de la generación más joven”.