En julio de 2001, Génova acogió la cumbre del G8. Frente a los ocho jefes de Estado encerrados en el Palazzo Ducale, protegidos por una “zona roja” que amuralló el centro de la ciudad, se concentraron unas 300.000 personas llegadas de toda Europa y de medio mundo. Había gente de todo tipo. Desde sindicatos y scouts católicos, a ecologistas y anarquistas pasando por campesinos de Vía Campesina y las primeras redes hacktivistas organizadas en Indymedia. Después de las experiencias de Seattle y Porto Alegre, el “otro mundo es posible” parecía consolidarse en Génova. La cosa no acabó bien. Carlo Giuliani, con 23 años, murió por un disparo policial en una de las plazas de la ciudad, luego la policía asaltó uno de los lugares en que se reunían los activistas y muchos denunciaron graves maltratos hasta el punto de que los hechos fueron calificados por Amnistía Internacional como la más grave suspensión de los derechos democráticos en un país occidental desde la Segunda Guerra Mundial. Catorce años después, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos condenó a Italia por aquellos hechos y los calificó de tortura. Es importante recordar ahora que aquel movimiento no era solo de protesta. Presentaba una plataforma de propuestas y de nuevas visiones muy significativa. Recordemos conceptos como la Tasa Tobin, las propuestas de cancelación de la deuda, la idea de bienes comunes globales, o la defensa de medicamentos de acceso abierto contra patentes en plena batalla del sida.